22-S

Una nueva e intensa jornada se celebraba este Martes 22-S en la ciudad burgalesa, en la mañana en la Universidad y en la tarde en el Espacio Cultural Tangente, relacionada con Colombia, con las personas defensoras de ddhh acogidas al programa de Burgos, y con la situación de persecución y violencia hacia liderazgos sociales.
También, como viene siendo tradicional todos los años, se ha contado con la presencia asturiana del PAV-ddhh, y por añadidura, con la participación casual de un ex alto cargo del gobierno saliente, que fue responsable de la Agencia de Tierras por dos años (siendo el acceso a la tierra o la imposibilidad de dicho acceso para millones de campesinas-os una de las causas centrales de la larga guerra colombiana).
En la mañana, la facultad de económicas, y el Centro de Cooperación de la UniBurgos, centraban en formación interna y en valoración de los tres años del programa de protección temporal las horas de diálogo, (Voces que resisten-Comunidades que acogen), con presencia asimismo de Soy Colombia y Memoria Viva de los pueblos, y que contaron también con la colaboración de la periodista burgalesa de RTVE Isabel Terán, que propició un intenso coloquio en torno a “Quién cuenta la Verdad”.

Su ponencia, por su indudable interés y carácter propositivo, la compartimos aquí:
“Muchas gracias por invitarme a participar en esta jornada.
Voy a intentar aportar mi modesta experiencia como periodista a un debate complejo: los medios de comunicación y la defensa de los derechos humanos.
Soy Isabel Terán Terán, periodista o informadora, como nos llaman ahora. He trabajado más de 30 años en la radiotelevisión pública española, primero en RNE y, básicamente, en TVE. Mi último destino fue el programa de reportajes En Portada, que se puede consultar en la plataforma gratuita RTVE Play.
Quiero empezar con una idea que puede parecer evidente, pero que hoy necesitamos recordar más que nunca: sin periodismo libre no hay sociedades verdaderamente informadas; y sin ciudadanos informados, los derechos humanos quedan mucho más expuestos.
Hay quien dice que el periodismo es un pilar fundamental para la defensa de los derechos humanos porque visibiliza injusticias, denuncia abusos y garantiza el derecho de la sociedad a estar informada.
Y es que hablar de periodismo y derechos humanos no es hablar de dos cuestiones diferentes. En realidad, hablamos de dos caras de una misma responsabilidad: el derecho de las personas a saber y el derecho de los periodistas a poder contarlo. El derecho de las personas a conocer la realidad y el derecho de las personas a que su dignidad sea respetada.
El periodismo tiene funciones esenciales en una sociedad democrática: observar, investigar, preguntar y contar aquello que afecta a la vida de los ciudadanos. Debe dar voz a los que no la tienen, ser el altavoz de quienes sufren injusticias, ser crítico con el poder y estar siempre del lado de los que tienen menos posibilidades de hacerse escuchar.
Todos sabemos que, cuando un o una periodista documenta una guerra, no está contando solamente cuáles son los movimientos militares o las decisiones políticas que han llevado a ese conflicto. Está contando, o debería contar, qué ocurre con las personas que sufren esa guerra.
Cuando investiga la pobreza, no está hablando únicamente de estadísticas. Está poniendo rostro a quienes viven en condiciones que pueden vulnerar derechos básicos.
Cuando cuenta la historia de una persona migrante, de un refugiado, de una víctima de violencia o de alguien que ha sido discriminado, puede conseguir algo fundamental: que esa persona deje de ser un número y vuelva a ser una persona, con toda su dignidad.

Los periodistas trabajamos con historias humanas, con relatos que no son nuestros. Y eso implica una enorme responsabilidad.
Porque informar no significa, o no debería significar, convertir el sufrimiento en espectáculo. Significa acercarse a las personas con respeto. Significa preguntar sin humillar. Significa mostrar sin invadir. Significa comprobar los hechos antes de publicarlos.
Podemos estar de acuerdo también en que informar no es solo contar lo que ocurre. Los periodistas tenemos la obligación de hacer visible lo que se quiere ocultar.
Ser testigos cuando no queden testigos —y estoy pensando ahora mismo en Gaza—, ser el altavoz de las comunidades que no tienen voz, ser críticos con el poder, desenmascarar, frenar y denunciar los abusos.

Un periodismo libre necesita poder investigar sin censura, preguntar sin miedo y publicar aquello que considera de interés público. Pero esa libertad no es un privilegio del periodista, que no debe ser el protagonista de lo que relata, sino que es un derecho de toda la sociedad.
La libertad de prensa es el oxígeno de toda democracia.
Esa es la teoría. Pero ¿qué pasa en la realidad?
Cuando empecé a trabajar en este oficio de periodista, a finales de los 80, el mundo de la información era otro. Había televisión, radio y periódicos.
Recuerdo que, en los veranos, sufríamos para llenar los boletines y los telediarios porque no había noticias.
Puede que algunos recuerden lo que en el argot llamábamos una «serpiente de verano»: noticias triviales o espectaculares que rellenaban páginas. «El monstruo del lago Ness» que un turista aseguraba haber fotografiado es un ejemplo clásico de aquella escasez de informaciones relevantes.
Ahora vivimos rodeados de imágenes, vídeos, mensajes, titulares, opiniones, rumores y contenidos fabricados.
Antes, la ciudadanía esperaba a que el informativo, o su periódico, le contara qué había ocurrido. Hoy puede enterarse de un acontecimiento a través de TikTok, YouTube, Instagram, un pódcast, un influencer, Telegram, WhatsApp o un chatbot de inteligencia artificial mucho antes de que llegue a un telediario.
Nunca tuvimos más información, más canales para supuestamente conocer lo que pasa y, sin embargo, nunca estuvimos más desinformados.
En la era de la posverdad, un término que se incorporó al diccionario de la RAE hace ya diez años, verificar se ha convertido en una necesidad, en una forma de defensa de los
derechos humanos, porque la desinformación y la manipulación digital atentan directamente contra la dignidad, la seguridad física y los procesos democráticos.

En un mundo en el que la verdad y la mentira empiezan a ocupar el mismo espacio, el dato y el rumor aparecen juntos. La investigación y el bulo pueden tener exactamente el mismo aspecto en una pantalla de móvil.
Se hace imprescindible confiar en que los periodistas han hecho bien su trabajo, en que conseguir la máxima audiencia no puede ser el único objetivo, en que más «likes» no significa necesariamente más calidad.
Como os decía al principio, he desarrollado la mayor parte de mi carrera profesional en un medio de comunicación público, donde he vivido no solo esa transformación tecnológica, sino también la llegada de las televisiones privadas, la pelea por la audiencia y el desprestigio social provocado por la supeditación a algunos gobiernos.
Pero, a pesar de todo, sigo creyendo en la necesidad de los medios de comunicación públicos.

En el formato adecuado a los tiempos —si es un reel, una historia o un blog… eso poco importa—, pero hay que estar allí donde el mercado quizá no quiera estar.
Contar lo que no necesariamente es rentable. Enviar a un periodista a un lugar, aunque la noticia no vaya a hacerse viral. Explicar una ley que nadie entiende o investigar una historia que necesita semanas.
En una sociedad democrática, los medios públicos deben ser los referentes a los que acuda la ciudadanía cuando necesita saber qué es verdad.
Porque la independencia, el rigor y la humanidad deben estar en la base de todo el trabajo de un periodista.
Por eso también periodismo y derechos humanos están profundamente unidos.
Un periodista no tiene que convertirse en un activista, ni en un árbitro de la neutralidad.
Si un dato es falso, hay que decirlo. Si una imagen está manipulada, hay que decirlo. Si una institución ha cometido un error, hay que contarlo.
Si hacemos bien nuestro trabajo, no podemos ser equidistantes, al menos no ante la violación de los derechos humanos o la mentira evidente.
Tenemos obligaciones con las problemáticas invisibilizadas y con la construcción de la memoria colectiva.
No es fácil nuestro trabajo.
Vivimos en la era de la sobreexplotación, del capitalismo salvaje, donde el pensamiento neoliberal, el dinero y la rentabilidad parecen dominarlo todo, también el periodismo.
Los grandes medios de comunicación, sobre todo los comerciales, han adelgazado sus plantillas. Los corresponsales extranjeros en los territorios son cada vez más escasos. Por el contrario, son los periodistas libres, independientes, muchas veces locales, los conocidos como freelance, quienes, en condiciones muy precarias, están contando lo que pasa en el mundo.
Son esos compañeros y compañeras los que más sufren la violencia, las amenazas y la muerte por ejercer su profesión.
Inmediatamente pensamos en la Franja de Gaza. En el primer semestre de este año, 39 periodistas han sido asesinados en todo el mundo.
Son datos de la organización Reporteros Sin Fronteras, que afirma que también Colombia sigue siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. El país se sitúa en el puesto 115 de 180 en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa.
Investigar sobre el conflicto armado, el crimen organizado, la corrupción y el medio ambiente expone a los informadores a una violencia estructural persistente.
La Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) confirma que en Colombia se amenaza a un periodista cada dos días, de promedio.

Las amenazas de muerte e intimidaciones constituyen la agresión más frecuente contra los reporteros.
Debido a la gravedad y a la falta de respuesta oportuna de las instituciones del Estado, las amenazas forzaron a 40 periodistas al desplazamiento interno dentro del país y obligaron a 19 comunicadores al exilio internacional.
Hacer periodismo en Colombia sigue siendo una labor de alto riesgo.
Tal vez por eso, en una encuesta de esta misma fundación, el 62 % de los informadores afirmaba que el agotamiento había influido en su decisión de autocensurarse, abandonar temas o plantearse dejar la profesión.
Cuando un periodista se autocensura porque sabe que una determinada información puede traerle consecuencias, también se reduce el espacio de libertad de quienes reciben esa información.
La UNESCO señala que el índice mundial de libertad de expresión ha descendido un 10 % desde 2012 y advierte de una combinación de amenazas: debilitamiento institucional, hostilidad contra periodistas, crisis del modelo económico de los medios y desinformación impulsada por la inteligencia artificial.
España no es ajena a ese descenso. Según la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2026, elaborada por Reporteros Sin Fronteras, estamos en el puesto 29, seis puestos menos que el año anterior.
Las causas de ese retroceso serían la precariedad laboral y la mala salud económica del sector; la politización de los medios, incluidos los de carácter público; el aumento de la desconfianza, la hostilidad y el acoso hacia los profesionales de la información; y las trabas en la transparencia y la gestión de la publicidad institucional.
No se debe, ni soy yo quien, para comparar las realidades de la libertad de prensa en ambos países. Pero permitidme que os haga notar algo que sí es común: las violencias dirigidas específicamente contra mujeres periodistas.
Esas agresiones verbales, escritas y, sobre todo, digitales, orientadas a desacreditar y silenciar la labor periodística.
Unos ataques que no solo afectan a las víctimas directas, sino que generan un efecto colectivo de intimidación que restringe la participación de las mujeres en el periodismo y profundiza las barreras para el ejercicio libre y seguro de la profesión.
Creo que en el periodismo, como en la sociedad en general, sigue habiendo mucho machismo y mucha misoginia.
Se han feminizado las facultades de periodismo. En las redacciones, las mujeres somos mayoría, pero los puestos directivos y de mayor responsabilidad siguen en manos de los hombres.
Las mujeres sufren más el paro, tienen más contratos temporales y perciben salarios más bajos. Por no hablar del abandono de la carrera profesional ante la dificultad para conciliar vida laboral y familiar.
Pero esa es otra historia.
A veces hablamos de la libertad de prensa como si fuera un privilegio de los periodistas.
No lo es.
La libertad de prensa es, sobre todo, un derecho de la sociedad.
El periodista es quien ejerce ese derecho profesionalmente. Pero quienes realmente perdemos cuando el periodismo desaparece somos todos.
TODOS.
Por eso los periodistas tenemos una gran responsabilidad.
No todo vale para conseguir una buena historia. No todo vale para conseguir audiencia. No todo vale para conseguir una imagen.
Las personas están antes que la noticia.
Y creo que esa debería ser una de las reglas fundamentales de nuestro oficio. Y hay que estar muy alerta para que eso no se nos olvide.
Rodando un reportaje sobre política de inmigración en la UE, recalamos en un gran asentamiento al sur de Italia, cerca de Bari.
Un poblado inmenso, donde cientos de africanos, trabajadores del campo, sobrevivían en condiciones muy precarias.
Llegamos allí con nuestras cámaras, nuestro dron y nuestra prisa.
Teníamos una mañana de rodaje.
No hay tiempo para confraternizar con los que allí viven. Necesitamos que nos hablen, queremos que nos cuenten su experiencia, rodar imágenes que van a mostrar al mundo lo que pasa.
Nadie quería.
Y lo entendí.
Estaban hartos de la prensa que llega, mira, pregunta y se larga como ha venido.
Me costó convencerles.
Les decía que eso sería bueno para ellos, que denunciar su situación les ayudaría de verdad.
Pero, ¿era realmente bueno para ellos? ¿O, sobre todo, era bueno para nosotros, para nuestro reportaje?
A veces me pregunto qué habrá sido de aquellos tres jóvenes que accedieron a contestar a mis preguntas y cuya ilusión era jugar en un equipo de fútbol italiano.
Los periodistas tenemos que hacer autocrítica y esforzarnos más en hacer nuestro trabajo mejor. A veces, incluso, desaprendiendo lo que aprendimos.
Incorporando la empatía. Poniéndonos en el lugar de los protagonistas sin revictimizar.
Teniendo en mente que todas las personas son sujetos de derechos, no solo víctimas.
Cada historia importa porque detrás hay alguien para quien esa historia es su vida.
Para nosotros puede ser una pieza de dos minutos o un total en un reportaje. Para la persona que entrevistamos puede ser el momento más importante de su vida.
Y no debemos olvidarlo nunca.
El periodista Pascual Serrano, creador de la publicación electrónica «Rebelión», dice que «el periodista debe ser valiente para transmitir sus principios sin miedo a molestar. Para escribir hace falta valor y, para tener valor, hace falta tener valores. Sin valores, más vale callar».
Kapuściński, un clásico del periodismo, decía que «para ser buen periodista hay que ser, ante todo, buena persona» y que «los cínicos no sirven para este oficio».
Pero quizás me vais a permitir que termine citando a Lydia Cacho, periodista y defensora de derechos humanos:
«Creo que el papel del periodismo es ser una linterna, que permita a la sociedad ejercer su derecho a saber y comprender; creo que los derechos humanos son innegociables».
Porque mientras haya alguien a quien intenten silenciar, deshumanizar o hacer invisible, habrá una razón para seguir haciendo periodismo.”.

Y en la tarde el Espacio Tangente propiciaba la continuidad del diálogo, con ampliación del público, con los testimonios de Tatiana, Marcela y Carolina, tres defensoras acogidas en Burgos, la presentación de la profesora Sonia como responsable del Centro de Cooperación de la Universidad y las reflexiones y propuestas de acción de Gerardo Vega, de Forjando Futuros, y Javier Orozco, que coordina el programa asturiano de DDHH.
Burgos Por Colombia, el Centro de Cooperación UniBurgos, Soy Colombia, Forjando Futuros, ACPP, Pachakuti, y varias personas integrantes de ISI, Iniciativa Solidaria Internacionalista, junto a las personas defensoras en Asturias, Beatriz, Liseth, Luís Alfredo y Fabio, buscaron maneras y formas de reforzar lazos y propuestas comunes, alianzas y redes para confrontar la arremetida prometida por nuevo gobierno Colombia de desconocer los derechos esenciales de comunidades indígenas, negras, campesinas, y del conjunto del sistema de NNUU, así como el propio Acuerdo de Paz de hace 10 años, quitándole todo financiamiento e incrementando la guerra contra comunidades y pueblos, y desconociendo las instancias nacionales e internacionales como el sistema interamericano de ddhh.
Tareas complejas y duras, en las que habrá que dedicar desde Burgos y desde todos los lugares, mayores esfuerzos de coordinación, de visitas al terreno, de recibimiento de liderazgos sociales, de formación en derechos.

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