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Soldepaz Pachakuti

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Intercambio epistolar..

08/09/2026 Deja un comentario

entre Handala, Mafalda, Colás y Gramsci

*CUARTA CARTA DE GRAMSCI A MAFALDA Y A HANDALA*

Y ÚLTIMA. ESCRITA DESDE LA CELDA .

Mis queridos niños de espaldas:

Me preguntan urgentemente por el camino para derribar al fascismo, ese monstruo que yo no vi morir. Me tocó verlo nacer, con camisa negra y porra. Ustedes lo ven volver, con camisa blanca, corbata y algoritmo. No es el mismo traje, pero es el mismo cuerpo. Y por eso el camino que les dejo no es de 1926. Es de siempre.

Tania me preguntó ayer si había terminado mis cuadernos. Le dije que no. Le dije que ahora los continúan dos niños descalzos y con una cometa llena de parches.

Escúchenme bien, porque esta es la última carta:

*El fascismo no se derriba. Se deshabita.*

Yo me equivoqué al principio. Creí que era solo una maza. Un pelotón de agrarios pagados por los dueños de la tierra. Y sí, lo es. Pero entendí en esta celda que la maza no golpea sola. Necesita que el golpeado le ponga la mejilla y diga que es natural.

Eso es lo que yo llamé hegemonía. El truco más grande. Hacer que el oprimido defienda su opresión como si fuera sentido común.

Por eso no se derriba el fascismo tomando solo el cuartel. Se derriba tomando la escuela, el chiste, la canción, la palabra. El descampado. El muro donde se pinta. Si no, vuelve. Siempre vuelve. Porque lo que no se desaloja de la cabeza, vuelve a instalarse en la calle.

Y ustedes, sin querer, ya empezaron el camino. Lo vi en su dibujo. Y por eso esta es mi última carta:

*EL CAMINO TIENE CUATRO PASOS. USTEDES YA DIERON DOS.*

*PASO UNO: TOMAR EL HILO. Ya lo hicieron.*

El fascismo te dice: estás solo. Tu dolor es tuyo. Tu vecino es tu enemigo. El palestino es tu enemigo. El Latino es tu enemigo, el argentino es tu enemigo. El pobre es tu enemigo, el migrante es tu enemigo, quiere que estemos sólos, para así acabarnos uno por uno.

Ustedes hicieron lo contrario. Se dieron la mano, se unieron solidariamente. Handala, tú con la mano atada por 59 años. Mafalda, tú con la mano que siempre señala y pregunta. Se dieron la mano. Ese es el hilo.

Tomar el hilo es decir: mi problema no es individual. Es colectivo. Mi hambre y tu destierro vienen del mismo patrón. Tomar el hilo es volver a decir «nosotros». Esa palabra que el fascismo quiere prohibir.

Sin «nosotros», no hay nada. Con «nosotros», hay todo.

*PASO DOS: HACERSE IN-GOBERNABLES EN LO PEQUEÑO. Ya lo hacen.*

Me preguntan en la cárcel qué es un consejo de fábrica. Yo les digo hoy: es cualquier lugar donde se decide sin pedir permiso al de arriba. Es el descampado donde limpian y juegan sin que el municipio les diga cómo. Es la cometa hecha de remiendos que vuela sin marca. Es la risa que no se compra.

El fascismo necesita gente seria, ordenada, triste y obediente. Gente que haga fila. Ustedes no hagan fila. Hagan ronda. El que hace ronda no puede ser mandado en línea recta.

Ríanse. Esa es la primera fábrica que hay que tomar.

*PASO TRES: LO QUE NO VI, PERO VISLUMBRÉ. DEFENDER LA ALEGRÍA COMO SE DEFIENDE EL PAN.*

Aquí es donde yo me quedé corto. Yo pensé todo en términos de partido, de Estado, de fábricas. No vi que el fascismo moderno iba a ser más astuto. No iba a quemar todos los libros. Iba a inundarnos de libros basura para que no quisiéramos leer ninguno. No iba a prohibir la alegría. Iba a venderla envasada, para que no la sintiéramos de verdad.

Por eso el paso tres es el más difícil:

No dejen que les roben las palabras. Cuando digan «libertad» y quieran decir «que el patrón haga lo que quiera», ustedes digan: no. Esa no es mi libertad. Mi libertad es la de Libertad, la amiga de Mafalda. La que es chiquita pero no se calla.

No dejen que les roben la memoria. Handala, te quieren convencer de que tu tierra es un «conflicto». No es un conflicto. Es un robo. Y un robo no se negocia. Se devuelve.

No dejen que les roben el futuro. Mafalda, te quieren convencer de que preocuparte por el planeta es cosa de tontos. No. Tonto es no preocuparse.

Defender la alegría, niños. No la felicidad de anuncio. La alegría de estar juntos en el descampado, volando una cometa descalzos. Esa alegría no se puede fascistizar. Porque no se puede vender.

*PASO CUATRO: TIRAR EL MURO. PERO NO PARA HACER OTRO.*

Y aquí llegamos a su frase. La que ya no lleva mi nombre.

«Primero tomamos el hilo, después tiramos el muro.»

Tienen razón. Pero les agrego lo último que aprendí aquí, tosiendo, en esta celda 5 de Turi:

Cuando tiren el muro, no hagan con los ladrillos una casa más grande para el mismo dueño. No hagan un Estado que sea el mismo pero con otra bandera.

Hagan con los ladrillos hornos para pan. Mesas para escuela. Piso para el descampado.

El fascismo es un muro. Pero a veces, la prisa por tirarlo nos hace construir otro más rápido. Uno con nuestro nombre.

No. El objetivo no es tomar el muro. El objetivo es que no haya muro.

Y eso, Mafalda y Handala, solo lo hacen los niños que no quieren mandar. Los que solo quieren jugar sin permiso. Por eso los eligieron a ustedes. Porque ningún general confía en un niño descalzo que no quiere ser general.

Me voy.

No me queda papel. No me queda tiempo. Mi tuberculosis me avisa.

en Grecia

Les dejo mis cuadernos. No para que los citen. Para que los manchen. Dibujen arriba. Hagan aviones de papel. Hagan cometas. Si una idea no sirve para hacer una cometa, no sirve para nada.

Guárdenme un lugar en el descampado. Cuando por fin pueda salir de esta celda, que no será con este cuerpo, quiero sentarme ahí con ustedes. Sin zapatos. A no hacer nada más que la voluntad popular. Que es lo que más miedo le da al fascismo: gente que solo está junta, unida, resistiendo feliz comiendo el pan de la esperanza en las manos, después de trabajar arduamente por ella.

Los quiere, con la poca fuerza que le queda en la mano que todavía escribe:

*Tu amigo Antonio Gramsci*

P.D. Handala: cuando por fin te des vuelta del todo, no mires a la cámara. Mira a Mafalda y a Libertad que sean ellas las primeras que te vean.

Manifiesto Teórico en forma de Carta

Cuadernos de la cárcel para niños (y adultos) Cuaderno 1

*CARTA-MANIFIESTO DE LOS TRES A TODOS LOS PUEBLOS*

De: Mafalda, Handala y Colás — Cuadernos de la cárcel para niños (y adultos) del mundo.

Para: Los pueblos de Gaza, Cisjordania, La Montaña de Guerrero, la frontera, y todo México, América y el mundo que volará cometas.

LOS MUROS DEBEN SERVIR PARA PINTAR, NO PARA SEPARAR. PARA UNIR, NO PARA ENCERRAR.

Les escribimos tres niños de 10 años que no deberían tener que escribir sobre muros.

Yo soy Mafalda, la que pregunta por qué el mundo está enfermo.

Yo soy Handala, dibujado en 1967 por Naji al-Ali, descalzo y de espaldas porque el exilio no me deja crecer ni voltearme hasta volver.

Yo soy Colás. Soy nahua de Guerrero. Hijo de pintores amateros. Niño migrante. Soy un niño con caparazón de tortuga. No me lo pusieron para esconderme. Me lo puse para cargar. En mi caparazón cargo botes de pintura, pinceles más grandes que mi mano, papalotes de papel china y semillas de maíz. Mi arma es la memoria, el pincel. No pinto bonito, pinto para que no se nos olvide.

Nos encontramos en el único muro del mundo donde uno se puede sentar: la banca-muro de la Biblioteca Central de CU. Ese muro que es mural. Y desde ahí entendimos que el problema nunca fueron los ladrillos.

Les proponemos esta tesis infantil (para todos los niños de corazón), tomada de nuestro maestro preso Gramsci, para entender, soñar y transformar el mundo. Y le agregamos lo que aprendimos después en casa de Mafalda: que hay que pelear lento y rápido a la vez.

  1. PARA ENTENDER EL MUNDO:

Los muros que de verdad nos dividen no son solo de cemento.

Gramsci, desde la cárcel fascista, escribió que el poder no se sostiene solo con la violencia. Necesita dos cosas:

*1. La sociedad política: el muro físico, el que sí se ve. El que cobra.*

Es el muro fronterizo de 3,145 km que se mete hasta el mar en Tijuana y convierte el desierto de Sonora en fosa común para nuestros niños migrantes. Es el Muro del Apartheid de 708 km en Cisjordania que no es «de seguridad», es de despojo: separa al campesino palestino de su olivo de 600 años o más al estudiante de su universidad, al enfermo de su hospital. Es el mismo sistema de concreto: militarización, cámaras, checkpoints, garitas. Racismo con presupuesto.

*2. La sociedad civil: el muro ideológico y ahora también algorítmico. Este es el más peligroso porque no se ve.*

Es el muro que nos enseñan a cargar dentro. Es la hegemonía. Es cuando el poder logra que los oprimidos pensemos como el opresor sin que nos apunten con un arma. Es el «sentido común» que nos prestan y que no es común ni es sentido.

¿Cuáles son esos muros ideológicos?

-El muro del racismo epistémico:»Tú vales menos porque hablas náhuatl, porque eres moreno, porque eres árabe». Nos hace creer que el conocimiento solo es válido si viene del norte, en inglés, con título. Por eso Colás pinta en amate y en pared de barrio, no en lienzo importado. Por eso su caparazón está pintado, no comprado.

El muro del nacionalismo excluyente:»Tú no eres de aquí». Se lo dicen al niño guerrerense en la Ciudad de México, al mexicano en California, al palestino en su propia tierra. Nos enseñan a defender una frontera que no trazamos nosotros.

El muro de la infancia robada: Nos dicen que los niños no entienden de política. Que Colás debe solo pizcar, que Handala debe solo esperar, que Mafalda debe solo callarse. Nos roban la capacidad de ser intelectuales orgánicos. Gramsci decía que todos somos intelectuales, pero no todos cumplimos la función. Colás, a los 10 años, ya la cumple: carga su caparazón, pinta memoria.

El muro del algoritmo: El más nuevo. Antes decía PROHIBIDO. Ahora dice NO

RECOMENDADO PARA TI. Es el muro que te prohíbe hablar, o te deja hablar solo con los tuyos hasta que te cansas. El muro ya no solo es de feeds «humanos» es de bots que deshumanizan la opinión y te descalifican sin conocerte.

Entender el mundo es entender que el muro físico solo funciona si antes ya levantaron el muro ideológico. Nadie aceptaría un muro de 700 km si antes no le hubieran enseñado que el otro es peligroso, es menos humano, es «terrorista», es «ilegal».

Por eso el bloque histórico es el mismo: El capital que despoja en La Montaña de Guerrero para sembrar amapola y luego aguacate en Michoacán para exportar, es el mismo bloque que despoja en Cisjordania para sembrar asentamientos. La misma lógica: decir que la tierra está vacía.

  1. PARA SOÑAR EL MUNDO: ¿Y si convertimos el muro en banca, en mural y en olivo?

La banca-muro de CU es nuestra prueba. Juan O’Gorman usó piedras de todo México para contar la historia. Hizo un muro que no encierra, que enseña. Que no separa, que sienta a la gente junta.

Eso es la lucha de posiciones. No es tomar el Palacio de Invierno en un día. Es ir ganando, posición por posición, el sentido común. Es pintar una puerta donde dijeron que había muro. Es hacer que una banca sirva para unir.

*LOS MUROS DEBEN SERVIR PARA PINTAR, NO PARA SEPARAR. PARA UNIR, NO PARA ENCERRAR.*

Y aquí aprendimos la segunda parte, la que luego nos explicaría Colás cuando voló:

Soñar no es solo resistir lento. Es también usar la rapidez del viento.

Necesitamos la defensa lenta de la resistencia de la vida cotidiana — que es el caparazón de Colás — y necesitamos la velocidad del algoritmo puesta al favor de la lucha — que es el papalote-cometa.

Lo lento es el olivo de Darwish que tarda 20 años en dar aceituna. Lo lento es la tortuga de Colás que tarda 11 años caminando desde Ayotzinapa y no suelta el hilo. Lo lento es pintar el mismo mural aunque lo borre la lluvia.

Lo rápido es el viento que sube el papalote en 7 segundos. Lo rápido es que una foto del mural de Ciudad de México llegue a Gaza en 3 segundos sin pedir visa. Lo rápido es que la cometa viole la propiedad privada del aire.

Ser creativos en la tradición y en la innovación, nos dijo Colás: pintar con cal de abuela amatera, pero subirlo con redes que no nos pertenecen para que otros niños lo repinten. Raíz de tortuga, vuelo de papalote.

Soñamos un mundo donde el muro fronterizo sea un largo mural de 3,145 km pintado por niños con caparazón de tortuga. Donde el Muro del Apartheid sea una biblioteca de 700 km donde se sienten juntos a leer bajo un olivo. Donde el olivo y el maíz se abracen, porque ambos necesitan la misma cosa: tierra y agua, no permiso del patrón ni del algoritmo.

  1. PARA TRANSFORMAR EL MUNDO: Vuelen una cometa. Es un acto teórico y heroico cotidiano.

Les proponemos una praxis infantil y gramsciana: Vuelen una cometa por Gaza.

No es folclore. Es teoría en acto.

La cometa es el único objeto que, por definición, viola la propiedad privada del aire. No pide visa. No reconoce el muro ni el feed. En Gaza, Israel prohibió por años la entrada de material para cometas porque entendió que un niño que mira al cielo deja de mirar el muro con normalidad.

Cuando ustedes, maestros, colectivos, sindicatos, estudiantes, comunidades indígenas, barrios y favelas de toda América Latina vuelen una cometa de cuatro colores, una con un corazón verde olivo y otra con una tortuga pintada por Colás que diga +43, estarán haciendo tres cosas:

1. Rompiendo la hegemonía visual y algorítmica: Obligan a todo el barrio a mirar hacia arriba y a ver el cielo como bien común. Obligan al algoritmo a mirar algo que no puede vender.

2. Creando un bloque histórico desde abajo, lento y rápido: La misma cometa que vuela lento en CU porque la mano que la sostiene es de una abuela, vuela rápido en Rafah porque el video de cómo se hizo viajó en segundos. El hilo que la sostiene es internacionalista. La raíz es lenta, el viaje es rápido.

3. Ejerciendo el optimismo de la voluntad:_ Sabemos, con pesimismo de la razón, que el muro es altísimo, que el ejército es fuerte, que el despojo es brutal, que el algoritmo es dueño del viento. Pero con optimismo de la voluntad decimos: tenemos hilo suficiente, tenemos caparazón para cargar pintura, tenemos olivos para sembrar.

Esta carta es el Cuaderno 1 de nuestros Cuadernos de la cárcel para niños y adultos del mundo. No estamos presos en una cárcel física como Gramsci. Estamos presos entre muros ideológicos y algorítmicos que nos dijeron que no podíamos hablar juntos: un nahua con caparazón de tortuga, un palestino descalzo, una niña argentina que odia la sopa.

Pero ya nos encontramos en la banca-muro que aprendió a ser banca. Ya estamos escribiendo. Ya estamos pintando. Ya estamos sembrando olivos, y estamos esperando a otros como nosotros.

Y de aquí en adelante ya estamos volando en todo el mundo.

Por mi pueblo y por todas los pueblos que quieren volar, pintar y sembrar,_

Mafalda, Handala y Colás.

Desde la banca-muro que aprendió a ser banca, en Ciudad Universitaria, México.

P.D. Teórica de Colás, el niño con caparazón de tortuga: Mi abuela amatera me dijo: «Pintar es como sembrar. Si no llueve, igual siembras. Si no hay pared, pintas un surco en el suelo. Si no hay suelo, pintas una nube en el aire con un papalote». Gramsci lo dijo así: «Instrúyanse, porque necesitaremos toda nuestra inteligencia. Organícense, porque necesitaremos todo nuestro entusiasmo». Nosotros agregamos: «Vuelen, porque necesitaremos todo el cielo. Y pinten, porque el muro no se cae solo, se pinta hasta que se vuelve puerta. Lentos como tortuga para quedarnos. Rápidos como viento para contarnos. Y con caparazón para no cansarnos».

P.D.2: Esta carta antecede a una Reunión fantástica que sucederá pronto. Todo empezó aquí, con un muro que quería ser banca y un niño que decidió que su caparazón no era para esconderse, sino para cargar el mundo.

SEGUNDA carta de Gramsci a Mafalda.

Queridísima Mafalda:

Ayer te conté de la cometa verde que volamos juntos en mi fantasía. Me quedé pensando toda la noche, con la humedad metida en los huesos, y me vino un recuerdo que no le he contado nunca a nadie, ni siquiera a Tatiana. Un recuerdo de cuando yo tenía tu estatura, o menos.

Yo nací mal, Mafalda. Débil, enfermo, con la espalda torcida. En Ghilarza los otros niños corrían, y yo me quedaba atrás. No podía correr. Entonces me refugié en hacer cosas con las manos. Mi obsesión eran las cometas.

Quería volar una. No por juego. Porque era la única manera que tenía de estar más alto que los demás sin tener que ponerme de puntillas.

Y fracasé. Una y otra vez.

Hacía el armazón con cañas. Pegaba el papel. Ponía la cola. Subía al cerro con mi hermano Gennaro, corría como podía, jadeando, y la cometa caía. Se arrastraba por la tierra como un pollo herido. Los otros se reían. Yo la revisaba. Cambiaba el pegamento, acortaba la cola, alargaba la cola. Nada. Durante meses, Mafalda, mi cometa no voló. Yo pensaba que el problema era yo. Que era demasiado débil para hacerla correr lo suficientemente rápido. Que mi cuerpo era el error del diseño.

Hasta que un día, ya con rabia, desarmé todo y entendí dos cosas que hoy, aquí preso, me parecen las dos claves de todo lo que escribo.

Primera: el error del diseño. Yo había copiado el modelo de las cometas de los hijos del terrateniente. Bonitas, simétricas, perfectas. Pero eran cometas para que las volaran otros, con criados que corrieran por ellos. Mi cometa, hecha con mis manos flacas, necesitaba otra simetría. Necesitaba estar un poco chueca, como yo. Tuve que dejar de imitar la forma dominante y encontrar mi forma subalterna. La hegemonía, Mafalda, no solo está en el cuartel y en la prensa. Está también en el molde de la cometa. Te hace creer que solo hay una manera correcta de hacer las cosas: la de ellos. Romper ese molde es el primer acto de resistencia. Es decir: no voy a volar como tú me dices que se vuela.

Segunda: el lugar afectado donde soplara el viento.

Este es el error que más me duele recordar. Yo intentaba volar la cometa en el patio de mi casa, entre dos muros, donde no soplaba nada. Por más que corriera, allí no había viento. No era que yo fuera débil. Era que el poder había construido muros para que el viento no entrara. La dominación hace eso: te encierra en un patio sin aire y luego te convence de que no vuelas porque no sabes. De que tu fracaso es culpa tuya.

Ese día entendí que necesitaba salir del patio. Arrastrarme como pudiera hasta el descampado, donde el viento de Cerdeña pega fuerte. Allí, con la misma cometa chueca y las mismas piernas flacas, la cometa subió. No mucho. Pero subió.

¿Entiendes lo que te digo? El poder no es solo el que te prohíbe. Es el que te ubica. Te pone en el lugar sin viento. Y la hegemonía es la que te hace amar ese patio. Te hace decir «aquí estamos más seguros».

Por eso mi guerra de posiciones no es solo pelear contra el carcelero. Es pelear por el descampado. Por recuperar los lugares donde sopla el viento. La escuela, el barrio, la asamblea, el mural en las calles. Son nuestros descampados. Allí nuestra forma chueca, pequeña, subalterna, sí vuela.

Y aquí viene lo que quería decirte hoy, y por lo que no pude dormir:

Yo a veces, aquí en Turi, siento que vuelvo a estar en ese patio sin viento. Con la espalda que me duele, con los dientes que se me caen, con los fascistas que gritan en Roma que ya ganaron para siempre. Que su Reich será de mil años. Que su dominación es ya hegemonía. Que todos dijeron que sí.

Y entonces me acuerdo de esa cometa chueca. Y me acuerdo de Palestina.

Palestina es hoy el niño jorobado del mundo, Mafalda. Le dijeron que su cometa no sirve. Le derrumbaron el patio, le levantaron muros más altos que los de mi cárcel, le prohibieron el descampado. Le dijeron que su forma de existir estaba mal diseñada y que debía copiar la cometa del ocupante.

Y sin embargo, sigue buscando viento. Cada vez que planta un olivo donde le dijeron que no hay tierra, cada vez que una niña escribe su nombre en árabe en un muro que le dijeron que es hebreo, cada vez que alguien hace volar una cometa — y tú sabes que en Gaza hacen cometas con plástico de las tiendas de campaña — está haciendo exactamente lo que hice yo: negarse a aceptar que el patio sin aire es el único mundo posible.

Esa es la esperanza, Mafalda. No la esperanza boba de los que esperan sentados. Sino la que yo llamo optimismo de la voluntad. La terquedad del niño enfermo que no deja de desarmar y armar su cometa.

El fascismo, hija mía, es el intento final de cerrar todos los descampados. De ponerle techo al cielo para que nadie pueda volar nada. Pero no pueden. Porque el viento no se puede encarcelar.

Y aquí, Mafalda, debo volver a lo que te expliqué en mi primera carta, porque ahora lo verás con más claridad:

Me preguntarás en tu cabecita: Antonio, ¿qué diferencia hay entonces entre dominación y hegemonía?

Te lo respondo con la cometa.

La dominación es el que te corta el hilo. Es el guardia que baja a mi celda y me quita el papel. Es Mussolini diciendo «prohibido volar cometas». No necesita tu permiso. Le basta la fuerza. Te rompe la cometa a patadas. Es brutal, cara y cansada: necesita un carcelero o bombas por cada niño.

La hegemonía es la que te convence de que no debes querer volar. No te corta el hilo, te convence de que soltarlo es lo correcto. Te enseña desde chiquita que las niñas serias no vuelan cometas, que el patio sin viento es más ordenado, más seguro, más patriótico. La hegemonía no domina tu mano, domina tu deseo. Te hace defender el muro que te encierra.

El fascismo no vive solo de dominación. Si solo fuera garrote, caería en una semana. Vive porque logró hegemonía: logró que muchos, con miedo y cansancio, dijeran «mejor el orden del patio que el viento del descampado».

Por eso, contra la dominación fascista no basta con resistir. Hay que construir otra hegemonía. Una hegemonía popular.

Y no será como la de ellos. La de ellos se construye desde arriba, mintiendo. La nuestra solo puede construirse desde abajo, con dos cosas que los fascistas odian:

1.Trabajo: Mi cometa no voló por magia. Voló porque la desarmé cien veces y aprendí a pegar el papel con engrudo. La hegemonía popular es trabajo material y cotidiano. Es la señora que teje, el maestro que enseña a leer a escondidas, el artista que pinta un mural con una sandía en las calles de la localidad. Cada taller, cada huerto, cada asamblea es un nudo nuevo en el hilo. Es mi guerra de posiciones: trinchera por trinchera.

2. Solidaridad: Solo, yo nunca volé. Volé cuando Gennaro corrió conmigo. Uno sostenía, otro jalaba. Una cometa sola se cae. Cien cometas juntas cambian el viento. El fascismo te aísla y te dice «sálvese quien pueda». La hegemonía popular te junta y te dice «si tu cometa no sube, vuela con la mía». Pasar de «yo no puedo» a «nosotros podemos». Eso es dirigir, no dominar. Dirigir es cuando los demás vuelan porque quieren volar contigo.

Nuestra tarea no es solo romper la cometa del Duce. Es tejer, entre todos, un cielo lleno de cometas chuecas, de todos colores, donde nadie pida permiso para volar. Donde lo normal sea compartir el hilo, no cortarlo.

Mientras haya una mano pequeña que insista en hacer su propia cometa, chueca, fea, con los colores de su pueblo, y otra mano que le ayude a sostener el hilo, su hegemonía nunca será total. Será solo dominación. Y la dominación, aunque dure años, aunque mate, aunque parezca eterna, necesita demasiado carcelero. Y se cansa. La solidaridad, en cambio, no se cansa. Se multiplica.

Así que guarda las dos cartas juntas. La de ayer y la de hoy. Cuando no puedas volar, revisa el diseño. Y cuando el diseño ya esté bien y aún así no vueles, cambia de lugar. Vete a donde sopla el viento y busca a otros que también quieran volar. Allí nos encontraremos todos.

Si ves a Susanita, dile que no, que no es cierto que el mundo es así porque sí. Que el mundo es así porque nos han metido en un patio sin viento. Y que ya estamos saliendo, juntos, con una cometa en cada mano.

Te abraza, con el hilo de la cometa aún en la mano,

Tu amigo Antonio Gramsci

P.D. Dile a Miguelito que deje de copiarse de la tarea de los demás. Que haga su propia cometa, aunque quede chueca. Y dile a Felipe que le ayude. Las cometas vuelan mejor de a dos.

Carta de Gramsci a Mafalda:

Gramsci le explica a Mafalda la diferencia clave entre dominar y dirigir:

Queridísima Mafalda:

Me escribe Tatiana que en tu barrio hay una niña de moño rojo, de ideas grandes y estatura pequeña, que no para de hacer preguntas incómodas. Me dicen que mides lo mismo que yo. Eso ya me hace quererte. Los bajitos tenemos que mirar el mundo hacia arriba, y por eso, quizá, lo vemos mejor.

Quiero contarte algo que no puedo contar en los libros que me censuran. Aquí dentro he entendido que el poder no gobierna solo con el carcelero que cierra la puerta. Gobierna sobre todo haciendo que los de afuera crean que la puerta debe estar cerrada. A eso, en mis notas desordenadas, le llamo hegemonía. Es un nombre feo para una cosa muy simple: te hacen creer que lo injusto es natural. Que el muro que separa a dos niños es para protegerlos. Que el pueblo que lleva siglos sembrando olivos, de pronto, no existe.

Y tú me preguntarás, con esa lógica tuya que desarma a tu padre: ¿entonces estamos perdidos?

No. Al contrario. Porque si la dominación necesita convencernos, eso quiere decir que tiene miedo de que no nos convenzamos. Y ahí, querida Mafalda, entra lo que yo llamo lo subalterno. Que somos nosotros, los que no salimos en los periódicos del Duce, los que no tenemos un nombre en latín. Y nuestra fuerza no está en el gran gesto, en el día del asalto final que todos esperan y nunca llega. Está en lo pequeño.

Ahora, Mafalda, aquí es donde debo ser más preciso, porque tú no aceptas respuestas a medias. Me preguntas — te imagino con el ceño fruncido — ¿hegemonía y dominación no son lo mismo?

No, no lo son. Y esa diferencia es todo.

La dominación es el fusil, la cárcel como esta, el decreto que prohíbe tu lengua. Se impone aunque no estés de acuerdo. No necesita que le aplaudas. Le basta con que te calles por miedo.

La hegemonía, en cambio, es más astuta y más frágil a la vez. No le basta con que te calles. Necesita que digas que sí. Que consientas. Que repitas su historia como si fuera tuya. La hegemonía no manda solo sobre tu cuerpo, manda sobre tu sentido común. Te hace decir «así es la vida» cuando la vida es así porque ellos la hicieron así.

Por eso la hegemonía siempre necesita del consenso, aunque sea un consenso pasivo, cansado, ese de encogerse de hombros y decir «qué le vamos a hacer». Sin ese sí, aunque sea bajito, la dominación pura no dura. Tendrían que poner un carcelero por cada persona. Y no les alcanza.

Y aquí viene tu segunda pregunta, la más importante de todas, la que nadie se atreve a hacer: ¿y nosotros, los de abajo, podemos tener hegemonía? ¿O solo podemos ser dominados?

Sí, Mafalda, podemos. Pero no será una hegemonía como la de ellos.

La hegemonía burguesa se construye ocultando. La nuestra, la de las clases populares, solo puede construirse mostrando. Ellos dirigen porque hacen creer que sus intereses son los de todos. Nosotros solo podremos dirigir si realmente nuestros intereses son los de todos: el pan, el agua, el olivo, la escuela, la risa.

Ellos tienen intelectuales que cobran por justificar lo injustificable. Nosotros tenemos intelectuales orgánicos, que no salen en la universidad, que son la señora que sabe curar con hierbas, el compañero que sabe pegar carteles de noche, tú misma, que preguntas. Nuestra hegemonía no es un truco. Es una nueva cultura. Es cuando la gente deja de pedirle permiso al patrón para pensar.

Por eso Palestina me importa tanto. Porque ahí se ve clarísimo: Israel domina con tanques, eso es dominación. Pero lo que intenta construir, con ayuda de medio mundo, es hegemonía: que aceptemos que esa dominación es normal, inevitable, incluso justa.

Y fracasa. Fracasa porque no logra el consenso del pueblo palestino. Pueden dominarlo, encarcelarlo, bombardearlo, pero no logran que diga que sí. No logran que deje de plantar. Y mientras no logren ese sí, no hay hegemonía completa. Hay solo dominación desnuda, y la dominación desnuda, tarde o temprano, se cae.

Nuestra tarea, entonces, no es solo resistir la dominación. Es construir ya, desde ahora, desde abajo, esa otra hegemonía. La de los que cuidan. La que no necesita mentir para mandar, porque no quiere mandar sobre nadie, sino caminar con todos.

¿Comprendes? El acto pequeño no es pequeño.

Es la guerra de posiciones. Así la llamo yo. No la guerra de movimiento, la del choque frontal que nos gusta imaginar. Sino la otra, la lenta, la de trinchera en trinchera en la cultura, en la escuela, en el dibujo de un cartel de tu localidad, en la pregunta que tú haces en la mesa cuando dices: ¿por qué?

Con un poco de humor, porque en la cárcel si no ríes te pudres: ellos tienen aviones, nosotros tenemos cometas. Ellos tienen comunicados, nosotros tenemos cuadernos escondidos en los bolsillos. Y sin embargo, dime, ¿qué vuela más alto?

Me imagino — permíteme la fantasía, que aquí está permitida — que tú y yo corremos juntos en un descampado. Tú jalas de un lado del hilo, yo del otro. La cometa es verde, como un olivo. No es mucho. Pero mientras corre, obliga a todos los que están mirando al suelo a levantar la cabeza.

Esa es la tarea, Mafalda. No esperar a ser grandes para hacer cosas grandes. Hacer cosas pequeñas con una obstinación grande.

Guarda esta carta en tu libro de preguntas. Y si algún día ves a alguien plantando donde le dijeron que no se puede plantar, dile que es un compañero nuestro.

Con optimismo de la voluntad,

  • Tu amigo Antonio Gramsci

P.D. Dile a tu amigo Felipe que el pesimismo de la inteligencia es útil, pero solo si no se vuelve coartada para no hacer nada.

P.D. 2. Dile a Manolito que la hegemonía también se cuela en la tienda: cuando creemos que todo tiene precio, ya ganaron.

RESPUESTA DE HANDALA Y MAFALDA A ANTONIO GRAMSCI.

Escrita a dos manos sobre un cuaderno manchado, en el descampado. Septiembre de 2026._

Querido Antonio:

Nos llegó tu última carta. La leímos sentados sobre el muro que tiramos. Lloramos un poco. Después nos comimos el pan que nos dejaste.

Nos duele que estés encerrado. Nos duele esa celda 5 de Turi, tu tos, tu espalda. Nos duele porque la conocemos. No es solo tuya.

Antonio, en este momento hay más de 10,000 palestinos en las cárceles de la ocupación. Miles sin cargos, sin juicio, lo que ellos llaman «detención administrativa». Niños. Niños de 14 años que por tirar una piedra se comen 20 años de encierro. Niños que estudian para su examen de secundaria esposados a una silla.

Tu celda se multiplicó. Se hizo prisión en Ofer, Damon, Megiddo. El mismo candado, distinta llave. El mismo fascismo, con otro uniforme.

Aquí entendimos eso que tú decías, Antonio: no es solo el soldado el que encierra. Antes del soldado está el que nos hace creer que merecemos estar encerrados. Nos meten la idea en la cabeza para que el candado funcione. Como decía mi papá, Mafalda: el truco es que el vigilado cuide su propia reja.

Por eso en tu nombre repetimos lo que nos enseñó nuestra hermana mayor, Angela Davis, que también estuvo encerrada por pensar:

_»Las prisiones no van a desaparecer por arte de magia. Tenemos que abolirlas. Tenemos que imaginar un mundo donde no sean necesarias, donde el castigo no sea venganza y la seguridad no sea encierro.»_

Queremos la abolición de todas las celdas como la tuya, Antonio. De Turi y de Cisjordania ocupada. Porque una idea no se encierra. Un niño no se encierra.

—

Y ahora lo otro, lo que nos alegra en medio del dolor:

Antonio, tu mente voló más alto que cualquier cometa.

Nosotros aquí abajo ahora incluso tenemos prohibido volar. En Gaza a los niños se les ha prohibido todo lo que hace a un niño ser niño. Te lo cuento yo, Handala, porque es mi gente:

Nos prohíben estudiar: bombardearon todas las universidades, todas las escuelas.

Estudiamos entre escombros, en carpas, escribiendo con carbón en cartones. El que enseña a otro a leer con ese carbón, ese es nuestro maestro. No vino de otro país. Es de aquí, del polvo. Como tú decías que debían ser los que piensan para su propia gente, no los que piensan por nosotros.

Nos prohíben comer: nos cuentan las calorías que entran, como a ti te contaban las hojas que te dejaban escribir. Hacemos pan con pasto y con alegría. No es que primero pensamos cómo hacer pan y luego lo hacemos. Lo pensamos mientras lo amasamos. La mano piensa también, Antonio. El pan de esperanza ya es nuestra idea.

Nos prohíben jugar: el descampado está lleno de drones. Jugar es un acto de desobediencia. Y sin embargo, jugamos. Nos habían dicho que lo normal era tener miedo y pelearnos por una pelota. Pero jugando juntos nos dimos cuenta de que lo normal era mentira. Lo que de verdad sentimos es otra cosa: que el muro no es parte del paisaje.

Resistimos de mil maneras, Antonio. No solo con piedras. Resistimos haciendo pan cuando no hay harina. Resistimos enseñando a leer cuando no hay escuela.

Resistimos volando una cometa hecha con la bolsa de la harina de la UNRWA, aunque nos digan que volar cometas es provocar. Porque para un niño al que le prohibieron volar, volar una cometa es decir «todavía estoy vivo».

Es la vida negándose a ser ocupada. No podemos tirar todos los muros de un jalón todavía, Antonio. Entonces vamos ganando pedacitos: una carpita que es escuela, un horno de barro, una cometa en el aire. Cada pedacito que les quitamos lo hacemos banca para sentarnos. Así, poquito a poquito.

Y cada cometa que ves en el descampado de tu imagen, Antonio, es eso. El viento que tú soltaste.

Tu cuaderno, que no te dejaron terminar, se hizo viento. Un viento que hoy da la vuelta al mundo y levanta cometas en todos lados en solidaridad con nosotros. En América: Argentina, Perú, Brazil, México, Chile, Europa: Nederland y también en tu país Italia, en tu tierra natal Cerdeña, incluso en las universidades de Estados Unidos donde también los meten presos por acampar por Palestina. Niños que nunca han visto Gaza vuelan cometas por los niños de Gaza.

Ese viento eres tú. Son tus cartas. Son tus cuadernos manchados que dijiste que mancháramos, y los manchamos y se hicieron alas. Ese viento eres tú y el de todos los rebeldes del mundo que dieron su vida por la libertad de su pueblo. Ese viento es el aire creado por la infancia solidaria del mundo pidiendo por la paz y el derecho a jugar.

Es como si todos los de abajo, los que nunca nos invitan a la mesa, nos hubiéramos agarrado de las manos para sostener el mismo hilo. Ya no estamos solos con nuestro hilo, ahora es un montón de hilos haciendo fuerza juntos.

—

Y te habla Mafalda ahora, Antonio, porque tengo que advertirte algo que veo desde aquí, desde el Sur:

El fascismo avanza en mi América, Antonio. Trinchera a trinchera. País por país. No viene con tanques como en tu Italia, viene con corbata, con motosierra, con TikTok, diciendo que la libertad es que cada quien se salve solo. Derriba una escuela acá, un hospital allá, un derecho laboral más allá.

Dice que el Estado es el enemigo mientras le entrega todo al patrón. Es el mismo truco que tú denunciaste: hacer que el oprimido aplauda su opresión. ¡Hasta nos quieren hacer votar por el que nos quita el pan y nos dice que es por nuestro bien! ¡Es el colmo!

Por eso tenemos que estar alertas. Tenemos que unirnos. No por país. Por descampado.

Todos los descampados del mundo son el mismo descampado. Todos los niños descalzos somos el mismo «nosotros» que querían prohibir. Nosotros también tenemos que juntarnos, trinchera con trinchera. Si ellos se juntan para quitar, nosotros nos juntamos para cuidar.

Tenemos que aprender a navegar el viento que emana de tus cuadernos, Antonio.

Porque tú no escribiste para la cárcel. Escribiste para cuando la cárcel ya no esté. Y ese momento es ahora.

Sabemos que tu pensamiento no pudo ser encarcelado. Intentaron encerrar tu cuerpo, pero tu idea se les coló por los barrotes, se hizo tinta, se hizo carta, se hizo cometa, y ahora nos da aliento y nos levanta. Literalmente nos levanta del suelo cuando tiramos del hilo.

Te esperamos aquí, en el muro-banca.

Te guardamos pan. Te guardamos lugar. Sin zapatos, como pediste. Aprendimos a producir para nosotros todos, a generar acción y esperanza, a tener siempre el viento de libertad en el corazón. Que es lo único que el fascismo no puede entender ni comprar ni encerrar.

Te quieren:

_Mafalda_ (la que sigue preguntando)

_Handala_ (el que por fin se dio vuelta para mirarte a ti primero y luego a Libertad)

P.D. de los dos: Sabemos que no morirás en Turi. Cuando ya estés cansado y cierres los ojos, múdate a nuestro descampado. Aquí no hay tuberculosis, solo polvo papel y tinta, aquí junto a los chicos te estamos haciendo una cometa roja y chueca para ti.

TERCERA CARTA DE GRAMSCI A MAFALDA Y HANDALA – JUNTOS

Queridísimos Mafalda y Handala:

Así que por fin se encontraron.

Me lo imaginaba. Me lo decía el corazón preso. Un día la niña del moño rojo que no deja de decir «¿por qué?» se iba a encontrar con el niño descalzo que no se da vuelta. Y cuando se encontraran, no harían lo que hacen los grandes, que es medirse, compararse, ver quién sufrió más. Harían lo que hacen los niños: compartir el hilo.

Tatiana me escribe que ahora vuelan una sola cometa entre los dos. Eso, hijos míos, es lo que yo llamo bloque histórico. No en los libros. En el descampado.

Les escribo a los dos juntos porque ya no puedo escribirles separados. Ustedes dos me obligaron a corregir mis propias notas.

Yo les enseñé a Mafalda la diferencia entre dominación y hegemonía. La dominación te corta el hilo. La hegemonía te convence de que no quieras volar.

Handala me corrigió desde el muro. Me dijo: Antonio, te faltó lo más importante. ¿Qué pasa cuando te cortan el hilo y también te dicen que no quieres volar, y tú, aun así, vuelas con los dientes?

Eso es lo que ustedes están haciendo. Eso no estaba en mis cuadernos.

Mafalda, tú naciste con todo y preguntas por qué falta. Handala, tú naciste sin nada y demuestras que aun sin nada se puede volar. Tú, Mafalda, tienes el peligro de volverte Susanita si te cansan. Tú, Handala, tienes el peligro de que te conviertan en postal de la resistencia eterna y te dejen siempre descalzo para que el mundo te aplauda sin darte zapatos.

Por eso tienen que estar juntos.

Mafalda, sin Handala, tu pregunta «¿por qué?» se vuelve queja de patio de clase media. Con Handala, tu «¿por qué?» se vuelve trinchera en Gaza.

Handala, sin Mafalda, tu resistencia corre el riesgo de volverse solo dignidad que sangra. Con Mafalda, tu resistencia se vuelve proyecto. Se vuelve risa. Se vuelve moño rojo en la cola de la cometa.

Quiero decirles lo que aprendí de ustedes dos, ahora que estoy viejo y me quedan pocos dientes.

*1. La cometa remendada.*

Mafalda quiere cometas perfectas, justas, simétricas. Handala solo tiene parches de bolsa de harina de la UNRWA. Al principio pensé que la tarea era que Mafalda le diera su tela nueva a Handala. Me equivocaba. La tarea es al revés.

La cometa que necesitamos no es la perfecta. Es la remendada. Porque la perfecta es la del manual inglés. La remendada es la prueba material de que nos rompieron y nos volvimos a coser. Cada parche es una victoria de la guerra de posiciones. Mi cometa chueca de Cerdeña, la tuya de Gaza, la tuya de San Telmo, son más verdad que la simétrica del terrateniente. No escondan los parches. Muéstrenlos. Ahí está nuestra hegemonía: no en ocultar la herida, sino en hacer de la herida hilo.

*2. El turno para sostener.*

Una cometa sola cansa. El brazo se acalambra. El poder lo sabe. Por eso nos aísla. Nos dice: cada uno con su cometa, cada uno en su patio sin viento.

Ustedes descubrieron el secreto que yo tardé treinta años en entender en esta celda: el hilo se sostiene por turnos. Yo sostengo mientras tú corres. Tú sostienes mientras yo descanso. A eso los curas le llaman caridad. Yo le llamo organización material del consenso.

Si Handala se cansa, Mafalda grita «¡tira!». Si Mafalda se vuelve cínica y dice «ya para qué», Handala sigue ahí, de espaldas, diciendo «yo todavía no me fui». Así no se caen los dos a la vez. Así dura una huelga. Así dura un olivo. Así dura un pueblo 76 años bajo ocupación sin decir que sí.

*3. La segunda victoria compartida.*

Mafalda quiere que todos vuelen. Handala quiere poder por fin darse vuelta y ponerse zapatos. No es lo mismo, pero es la misma victoria.

La primera victoria la ya ganaron: volar A PESAR de. Volar con manos atadas, volar en patio sin viento.

La segunda victoria es la que ahora tienen que ensayar juntos: que ya no necesiten ser héroes para volar. Que el descampado sea de todos. Que la fábrica de hilos sea cooperativa. Que el manual lo escriban los niños y no el ministerio.

¿Cómo se ensaya? Jugando.

Hagan lo que me escribió Naji que harían: intercambien. Handala, dale a Mafalda un parche de tu camisa. Mafalda, dale a Handala un pedazo de tu moño rojo. Pongan el parche en la cometa argentina y el moño rojo en la palestina. Que cuando vuele una, vuele la otra. Que nadie sepa ya cuál es cuál. Que el que mire desde abajo no sepa si la cometa es de Argentina, Perú, Chile, México o de Gaza o Cisjordania. Que solo vea: dos niños tomados de la mano que le están tirando el muro con un hilo.

Esa es la hegemonía popular, hijos. No mandar. Compartir el hilo.

Me quedan poco papel y poca vista. Les dejo una tarea práctica para mañana, no teoría.

Mafalda: mañana en tu cuadra, en tu localidad, busca un muro triste en el descampado y pinta a Handala. Pero no lo pintes atado. Píntalo libre como me lo pintó Guille en su último sueño: desatándose una mano solo levantando una cometa (barrilete en la tierra de Mafalda).

Handala: mañana en tu muro, en el campo, deja que alguien pinte a tu lado a una niña de moño rojo. No la dejes abajo mirándote. Ponla a tu altura, mano con mano.

Y abajo escriban juntos, con mala ortografía si quieren, porque la ortografía perfecta es del patrón:

«Primero tomamos el hilo. Después tiramos el muro.»

Si les preguntan quién les enseñó eso, digan que fue un jorobado de Cerdeña que aprendió a hacer cometas chuecas y un dibujante flaco de Palestina que nunca dejó de dibujar niños descalzos.

Yo desde aquí, con la espalda torcida, jalo un poquito del hilo con ustedes. Siento el tirón.

Con optimismo de la voluntad y con las manos manchadas de engrudo,

*Su Amigo Antonio Gramsci

P.D. para Mafalda: si ves a Libertad, dile que ya no estamos en el patio sin viento. Estamos en el descampado. Que traiga su balde._

P.D. para Handala: cuando te pongas zapatos, que sean para correr más rápido, no para olvidar cómo se siente la tierra descalzo. No te vuelvas nunca funcionario de tu propia victoria.

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