Un cariñoso perro acompañaba en la finca Pital, a más de media hora de la ciudad de Cúcuta, a antiguos combatientes de FARC que habían firmado el Acuerdo para la Paz de 2016.

El perrito estaba cojeando, y levantaba una de sus patas delanteras por el dolor, pero seguía animoso a su dueño y a las personas extranjeras que llegaron a la visita, pudiendo compararse tal vez, con el sentimiento doloroso que la cojera del Acuerdo de Paz, su incumplimiento, está dejando en demasiadas personas a las que se prometió otra cosa.

En resumidas cifras 726 ex combatientes estuvieron los primeros meses en un ETCR de la zona Catatumbo, los espacios que se crearon para el tránsito de la guerrilla, pero muchos, cuando la cosa se mostraba que no cumplía plazos y compromisos, buscaron a sus familias y se fueron disgregando hasta quedar en 300 en el de Caño Indio.
Nuevos incumplimientos (además de amenazas cumplidas) disminuyeron a 100 la cifra, y en el 2025 quedaban 50 que siguieron trabajando por la Paz y sus mecanismos acordados, la sustitución de cultivos, la pedagogía de la paz, la reforma rural, hasta el punto de casi considerarse una república independiente, en medio de intereses contrarios que obligaban y obligan a volver a cultivar coca, y de intereses politiqueros que se benefician de la guerra.

Y cultivaron la tierra, conformaron cooperativas, criaron búfalas, empezaron a construir casas.
Su apuesta por la paz se vio truncada por la actual “crisis humanitaria”, que comienza con un enfrentamiento fuerte entre el ELN y una de las disidencias en enero del año anterior, y en medio asesinan a 7 de los firmantes de paz, obligando además al abandono de tierras y casitas, y al desplazamiento forzado.

Posteriormente, y tras otros meses de abandono, consiguen que les entreguen tierras en la mencionada finca Pital y en Puerto Rico, a donde intentan ubicarse, con sus gallinas, sus perros, sus cabezas de ganado, sus peces, sus cerdos, y su cooperativa.
Animosas y animosos, 71 firmantes de paz y sus familias, tratan de reconstruir sus vidas, en un terreno en el que han tenido que contrarrestar prejuicios de las comunidades vecinas, establecer alianzas y compromisos, y ponerse en plan de posible establecimiento definitivo, en un devenir incierto por que no cualquier gobierno que llegue el 7 de agosto va a tener la misma voluntad política de cumplir con el Acuerdo de Paz vigente.

Están conformando un núcleo veredal de 6 veredas, hacen jornadas deportivas, de salud, agendas comunitarias, para acercarse más a las JAC, juntas de acción comunal circundantes, reactivan la cooperativa de producción y comercialización, llevan de momento a sus hijas e hijos a escuelas lejanas, obtienen algo de leche para queso y yogur de las búfalas sobrevivientes, mientras esperan que las instituciones les cumplan para construir viviendas dignas, y mientras siguen esperando, con mayor escepticismo, a que la violencia y guerra entre disidencias y elenos (que deja el campo abierto a grupos paramilitares que ya están llegando) se tranquilice , y en ese caso puedan recuperar parte de lo que construyeron con tanto esfuerzo en Caño Indio.
La alcaldía de Cúcuta se desentiende, las instituciones de Bogotá no llegan todos los días, el agua es un problema, sanitario y de cantidad, la carretera (camino precario) se deteriora.. perro mientras tanto muestran su compromiso de paz, rearticulan esfuerzos, y nos animan a trasladar a las Autoridades que (tras este desplazamiento al que los han forzado) sigan poniendo en marcha los programas establecidos por el Acuerdo de Paz, que beneficiaría también al conjunto de las comunidades vecinas.
Como el perrito de Pital coja queda la paz, abandonados muchos de los firmantes, asesinados en número de 487, pero.. ellas y ellas insisten y persisten en sus derechos, y en que las promesas firmadas sean cumplimentadas.

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