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Campañas / Paramilitarismo
Décima Delegación DDHH


Sábado 22: Aracataca y Cesar...
 
salimos a  las 4,30 am para coger el bus de Barranquilla a Aracataca, lugar de nacimiento del aclamado escritor colombiano y premio Nóbel de literatura, Gabriel García Márquez, en el departamento de Magdalena.
 
Si hay algo que odio de Latinoamérica son esas películas horrorosas que pasan en los buses. Son todas cursis, violentas, mal dobladas y sencillamente de pésimo gusto. Esta vez el turno correspondió a un drama entre el FBI, los yakuza, una de esas películas en que las supuestas fuerzas de la ley y el orden sobrepasan en sevicia y crueldad a los supuestos villanos. A veces la realidad es esa, y uno se pregunta que sentirá una persona que ha visto a algún ser querido mutilado o violado en frente, al ver ese destripadero tan horrible en la pantalla. A mi, me pudre.   

Llegamos a Aracataca y en estos momentos ya el calor comenzaba a pasar la cuenta a algunos miembros de la delegación. La ciudad no tiene nada de extraordinario y lo poco que hay para hacer se constata con la enorme cantidad de galleras que hay por todas partes. En unas cuantas cuadras, conté tres galleras. Tuvimos oportunidad de ir al museo de García Márquez, que es su cada de nacimiento, congelada en el tiempo en la década de los ´30.
 
La reunión tuvo lugar en el instituto de educación superior de Aracataca y quienes llegaron fueron campesinos de una hacienda llamada Tranquilandia (el alcance de nombre es pura coincidencia) en la cual habían obtenido títulos de posesión de hace unos 30 años, pero fueron desplazados por los paramilitares en el 2001. el líder de la comunidad, Pedro Julio es un dirigente campesino de esos de ruana al hombro, que habla siempre en plata blanca y cuyas cualidades de oratoria e histriónicas impresionan a quien lo oye tomar la tribuna.

Luego de que esta reunión se acabara, fuimos a Poponte, en Chiriguaná, departamento del Cesar, donde nos esperaba otra comunidad. También habían sido desplazados y victimizados por el paramilitarismo que había controlado por largos años la comunidad, teniendo incluso su cuartel general en la región. Escuchamos muchas historias de violaciones (incluida una familia en que los pramilitares violaron la madre, la hija, el padre y hasta la mula), desplazamiento, violencia y resistencia. Al frente de la reunión, unos muchachitos tomaban cerveza y apostaban un poco de plata en la gallera. Uno de ellos saltó a la arena a defender a su gallo y ahí se armó la grande. Finalmente, no terminó la pelea de gallos en pelea de humanos... en medio de la reunión, me cayó un mango que se soltó de un árbol en la cabeza, para la risa de todos menos la mía, claro, porque ese garrotazo tan horrible no se pasa rápido.

Luego tomamos la ruta en dirección a Cúcuta, nuestra próxima parada. fue un viaje de unas siete horas. A lo largo del camino se podía apreciar el impacto de la palma africana, cada una de las cuales consume unos 70 litros de agua al día, y las plantaciones convierten a su alrededor en verdaderos desiertos. Hablamos la necesidad de no abandonar comunidades como Tranquilandia, que retornarán a su tierra y que saldrán en masa a protestar para el paro agrario en abril.
 
 Paramos un par de veces en el camino, incluido en la motañosa Ocaña, la cual pese a su belleza, no parecía tener muchos turistas, ya que un poco de gente se quería tomar fotos con el irlandés del grupo. es una ciudad progresista, amable y bastante relajada, hermosa.

Llegamos a Cúcuta a eso de las 2am de la mañana, muertos, rendidos, para levantarnos al día siguiente a las 7am. Sin lugar a dudas, este fue el día más duro de toda la misión.