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La inseguridad alimentaria es causa y consecuencia de la pobreza y afecta a millones de personas en el mundo. El acceso físico y económico a alimento suficiente, seguro, nutritivo y culturalmente apropiado para satisfacer las necesidades alimentarias que permitan llevar a cabo una vida activa y sana no está, ni mucho menos, garantizado. Esa falta de acceso a alimento seguro y nutritivo es la causa de la malnutrición.

Por lo general, se asocia la malnutrición a la subalimentación, a la desnutrición, a la ingesta insuficiente de micronutrientes que tiene consecuencias en el crecimiento infantil y puede llegar a causar la muerte, además de ser una de las formas de perpetuación de la pobreza. Pero la malnutrición también tiene que ver con el sobrepeso y la obesidad, un riesgo para la población pues aumentan las probabilidades de padecer diabetes, hipertensión, ataques cardiacos y algunas formas de cáncer.

Según un informe de la FAO del año 2018 [1], el número de personas que padecen hambre en el mundo continúa en aumento, alcanzando los 821 millones en 2017 (en el mundo, una de cada nueve personas padece hambre), lo que supuso un aumento respecto a los tres años anteriores, volviendo a los niveles de hace una década. La mayoría de las personas que sufren hambre viven en los países en desarrollo, donde el 12.9% de la población se encuentra subalimentada. 135 millones de personas padecen hambre severa debido, principalmente, a los conflictos, el cambio climático y las recesiones económicas.

Según proyecciones del PMA, el número de personas con hambre severa en el mundo podría duplicarse debido a la pandemia de COVID-19, llegando a más de 250 millones a fines de 2020. Y debido al impacto económico del COVID-19, se espera que la cantidad de personas que enfrentan inseguridad alimentaria aguda (nivel 3 o superior) aumente a 265 millones en 2020, un incremento de 130 millones en comparación con 2019 . Nadie sabe quién se ocupará del campo, si se perderán las cosechas, si faltarán los alimentos, si habrá racionamiento.

Por otro lado, según datos de la OMS , la obesidad ha alcanzado proporciones epidémicas a nivel mundial. En 2016 más de 1.900 millones de personas adultas y 41 millones de niñas y niños mayores de 5 años tenían sobrepeso y más de 650 millones de personas adultas tenían obesidad. Cada año mueren, como mínimo, 2,8 millones de personas a causa de la obesidad o sobrepeso en el mundo. El 57% de la población mundial vive en países donde el sobrepeso y la obesidad causan más muertes que la insuficiencia ponderal (peso inferior al que corresponde a la edad). Así mismo, la pandemia de COVID-19 puede afectar y aumentar el número de personas con sobrepeso y obesas en el mundo debido a las restricciones de movimiento, la imposibilidad de acceso a espacios de deporte (gimnasios, parques, etc.), el acopio de alimentos no perecederos (procesados en su mayoría) por miedo al desabastecimiento, etc.

A diferencia del hambre y la desnutrición, podría parecer que el sobrepeso y la obesidad son una responsabilidad individual de las personas. Sin embargo, solo puede ser así cuando las personas tienen acceso asequible a opciones dietéticas saludables y reciben apoyo para elegir opciones saludables. De hecho, la obesidad ha dejado de ser un problema solo de los países de altos ingresos para pasar a ser, en la actualidad, un problema prevalente en los países de ingresos bajos y medianos causado por la occidentalización de la dieta, el alto coste de los alimentos nutritivos, el estrés que significa vivir en una situación de inseguridad alimentaria y las adaptaciones fisiológicas a la restricción de alimentos que sufren aquellas personas con menos recursos económicos, vivan donde vivan. Como afirma la OMS “el desarrollo socio económico y las políticas agrícolas, de transporte, de planificación urbana, medioambientales, educativas y de procesamiento, distribución y comercialización de los alimentos influyen en los hábitos y las preferencias dietéticas de los niños y niñas, así como en su actividad física. Estas influencias están fomentando cada vez más un aumento de peso que está provocando un aumento continuo de la prevalencia de la obesidad infantil” . El resultado es un problema a escala mundial que provoca enfermedades con tratamientos costosos y previsiones de mejora prácticamente inexistentes.

Estas cifras ponen en serio peligro el alcance del ODS Hambre cero para el 2030: poner fin al hambre y a todas las formas de malnutrición en el mundo.
La comida fresca y nutritiva, contra toda lógica, es menos accesible que los alimentos procesados. En las últimas décadas se ha producido un cambio de la dieta hacia un mayor consumo de carne y ha habido una transición nutricional hacia alimentos procesados, con un bajo contenido nutritivo, hipercalóricos, con un alto contenido en grasas saturadas, azúcares y sal, pero más económicos y asequibles para personas con un poder adquisitivo bajo. Por ejemplo, se pueden encontrar los refrescos más populares prácticamente en medio del desierto o cadenas de comida rápida en países que se definen como opuestos al modelo capitalista de EE. UU.

Más allá de los efectos nocivos en la salud de las personas, la mayor demanda de carne y de productos procesados con un alto contenido en azúcar y grasas saturadas, y la consecuente mayor producción, ha transformado por completo el sector agrícola y está teniendo efectos muy negativos en el medio ambiente, como también lo están teniendo los biocombustibles y la industria textil:

 deforestación;
 huertos con cultivos diversificados y de proximidad sustituidos por terrenos de explotación extensiva de cereales, caña de azúcar, aceite de palma, etc.;
 gases de efecto invernadero;
 uso de grandes cantidades de agua;
 fin de la soberanía alimentaria de miles de territorios;
 condiciones laborales muy precarias;
 pobreza energética;
 hambrunas, malnutrición, éxodo o muerte.

Eliminar la agricultura de proximidad es acabar con el sector que más empleo genera en el mundo y proporciona medios de vida al 40% de la población mundial actual. Es la mayor fuente de ingresos y empleos para los hogares rurales pobres. 500 millones de pequeñas granjas en todo el mundo, la mayoría aún con producción de secano, proporcionan hasta el 80% de los alimentos que se consumen en gran parte del mundo en desarrollo. Desde el inicio de los años 1900, alrededor del 75% de la diversidad de cultivos ha desaparecido de los campos de los y las pequeñas agricultoras. 4 mil millones de personas no tienen acceso a la electricidad en todo el mundo, la mayoría de las cuales vive en áreas rurales de los países en desarrollo. La pobreza energética en muchas regiones es una barrera fundamental para reducir el hambre y asegurar que el mundo pueda producir suficiente alimento para satisfacer la demanda futura.
















[1FAO, FIDA, UNICEF, PMA y OMS. 2018. El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo. Fomentando la resiliencia climática en aras de la seguridad alimentaria y la nutrición. FAO, Roma