Ponencia: Actualidad del transito hacia una nueva democracia y un nuevo socialismo

Ponencia de Narciso Isa Conde
Coordinadora Continental Bolivariana
Proyecto nueva Izquierda-círculos caamañistas
Asturias, 11 y 12 de mayo 2007
narsoisa@gmail.com

 I Pertinencia y posibilidad del socialismo en América Latina y el Caribe

En nuestra América, con la propuesta socialista, con el proyecto de sociedad socialista, ha pasado lo mismo que con la revolución:

Su pertinencia tiene bases reales en la existencia del capitalismo y su crisis, en la cada vez más dramática explotación, exclusión y empobrecimiento de una gran parte de la sociedad, en la degradación moral y perversión institucional que genera su dominación.

Su posibilidad fue drásticamente negada por los efectos circunstanciales de la caída de la Unión Soviética y del llamado campo socialista y por el predominio temporal del “discurso único” neoliberal, que impuso en la conciencia colectiva la idea de la imposibilidad de nuevas revoluciones y nuevas alternativas al capitalismo realmente existente.

En ese periodo la crisis del capitalismo continuó y se agravó, mientras que su reestructuración dentro de las coordenadas neoliberales y los cambios tecno-científicos, ha provocado grados de concentración de la propiedad, de los ingresos, de las riquezas y del poder sin precedentes; dramáticamente contrastantes con el empobrecimiento de las sociedades y el deterioro y saqueo de sus recursos naturales.

Las penosas condiciones de exigencia de pueblos y naciones y su tendencia a agravarse y extenderse, en un sub-continente con una larga tradición de luchas sociales, democráticas y patrióticas como América Latina y el Caribe, provocó nuevas modalidades de resistencia, protesta y rebeldía desde los sujetos sociales mas golpeados, empobrecidos (o en vía de empobrecerse), súper-explotados y excluidos; aun en medio de las disgregaciones, modificaciones y fraccionamientos sociales provocados por el neoliberalismo.

La globalización neoliberalizada generó progresivamente, paso a paso y dolor a dolor, su contrapartida socio-política en una parte de los países recolonizados de nuestra América.

Las luchas sociales se politizaron.

Las protestas fueron de más en más acompañadas de propuestas.

Y así la sociedad capitalista neoliberal creó las condiciones para que se pensara en una alternativa a ella que detuviera el genocidio y el ecocidio, y devolviera la confianza en la posibilidad de una vida digna para los pueblos.

La conciencia anti-neoliberal comenzó a crecer, a profundizarse y potenciarse al compás de la resistencia.

Y esa conciencia anti-neoliberal ha llevado en sí mismo, con fuerte tendencia a favorecer su desarrollo, la conciencia antiimperialista y anticapitalista.

El neoliberalismo es la nueva modalidad del capitalismo, su ideología actual y los resultados de su proceso de restructuración en las últimas décadas.

Por eso la lucha contra sus efectos perversos, devela, saca a la superficie, su matriz capitalista y estimula el pensamiento y la conciencia en favor del cambio revolucionario y de un nuevo proyecto de sociedad, de una alternativa al capitalismo neoliberal; dado que no es posible separar el neoliberalismo del capitalismo y del imperialismo actual.

Por eso, además, desde hace años se comenzó a hablar de la necesidad de un proyecto anti-neoliberal o de una sociedad pos-neoliberal, que viene siendo una especie de transición a una sociedad poscapitalista.

El auge el pensamiento contestatario, ha cruzado y acompañado -cruza y acompaña- las luchas contra el orden capitalista neoliberal. ¡Acción y pensamiento combinados!

Pensamiento y acción, una veces en paralelo, otras veces uno detrás y otro delante, con desniveles y desproporciones significativas, o con avances ascendente de ambos. Y así la idea dominante de la imposibilidad de los cambios y opciones alternativas, aunque perduró muchos años, se fue debilitando; primero poco a poco y, luego, más aceleradamente.

Cierto que el golpe al ideal socialista había sido contundente.

Cierto que la defensa del socialismo quedó reducida a sectores políticamente marginales o minoritarios. Pero perduró, y eso fue de gran valor e indudable trascendencia.

Y perduró con las siguientes modalidades:

La testimonial, nostálgica del pasado, anclada en gran medida en el proyecto socialista fracasado y en la interpretación dogmática del marxismo.

La innovadora, de corte revolucionario, que implica la superación del llamado socialismo real y la renovación, recreación, y/o refundación de la propuesta socialista.

Ambas corrientes han actuado a contracorriente del discurso único neoliberal.

La primera forma parte de la crítica, del combate, de la impugnación al capitalismo neoliberal, pero no genera ni fuerza ni propuesta alternativa atractiva, creíble, convocante; menos aun contrapoder, poder desde abajo, subversión innovadora, capacidad transformadora...

Es una especie de semilla que alimenta pero no germina.

Las fuerzas tradicionales de la izquierda que la representan no vanguardizan, están incapacitadas de encarnar estrategia de ruptura del viejo orden y de creación del nuevo.

Están considerablemente limitadas para captar los cambios provocados por el nuevo capitalismo, los nuevos actores sociales, los nuevos fenómenos, las nuevas rebeldías. Mas aun para proponer algo esencialmente diferente al “socialismo” o al “tránsito revolucionario” que fracasó.

La segunda es otra cosa y por eso ha venido convirtiéndose en la negación del capitalismo realmente existente y en la negación del “socialismo” que se derrumbó.

Se ha empeñado en pensar y actuar en función transiciones revolucionarias de nuevo tipo, en función de nuevas revoluciones populares y democracias alternativas, en procesos que unen inseparablemente la democracia participativa e integral a la nueva propuesta socialista.

Tuvo el valor de ajustar cuenta con las causas del derrumbe y/o de desarrollar un pensamiento revolucionario distante de aquellos dogmas; un conjunto de ideas y métodos heréticos, innovadores, ecuménicos, abiertos a todas las fuentes y actores capaces de contribuir a la derrota de la actual dominación.

Es una semilla que alimenta y germina, que potencia e inocula conciencia y organización a las justas rebeldías y a las luchas espontáneas, a los combates clasistas y no estrictamente clasistas de la actualidad.

Un pensamiento que se ha reproducido de lo pequeño lo grande, sin prisa pero sin pausa, hasta expandirse y multiplicarse.

Que supo captar que el seudo socialismo, el llamado socialismo real (más bien irreal), había desacreditado al socialismo liberador y le facilitó a los ideólogos del capitalismo neoliberal implantar temporalmente en las masas la idea de su muerte.

Y –sobre todo- que supo diferenciase de aquel gran revés, comenzando por hablar de la posibilidad de un socialismo diferente, distante y distinto esencialmente en sus contenidos y en sus formas.

Insistió en renovar, en recrear el proyecto revolucionario, rescatando todos los valores del socialismo original que fueron pervertidos; incorporando otros aportes históricos valiosos, inspirándose en diversas fuentes y nuevas reflexiones surgidas de la crítica al capitalismo actual y de las nuevas y diversas rebeldías contra él: de clases, etnias, generaciones, géneros, defensores del ambiente, pueblos originarios…

Y esa diferenciación incluyó inteligentemente la denominación de la propuesta de nueva sociedad.

Porque en tales condiciones, hablar a secas del socialismo no resolvía el problema de la credibilidad popular respecto a la nueva propuesta. Lo ingenioso en materia propaganda y comunicación fue distanciarse de lo que fracasó, porque ello facilitó y facilita cambiar favorablemente la percepción popular sobre las posibilidades del socialismo.

El nombre necesitaba de un sello diferenciador del llamado socialismo real y de la socialdemocracia. Y entonces comenzó a hablarse de nuevo socialismo y del socialismo del siglo XXI o para el siglo XXI.

El honor a la verdad esto no fue un invento del comandante Chávez, ni es de factura estrictamente venezolana.

De todo esto, tanto en cuanto nuevos contenidos y a nuevas formas, viene hablándose desde que comenzaron a analizarse las causas del derrumbe aquel, e incluso desde antes de esos acontecimientos.

Son innumerables los seminarios, foros, publicaciones, ensayos, libros que han abordado de esa manera los nuevos desafíos para las fuerzas del cambio.

El gran mérito de Chávez en ese aspecto, después de contribuir extraordinariamente a recobrar la confianza en la posibilidad de nuevas revoluciones, es haber hecho suya la propuesta general del nuevo socialismo, del socialismo del siglo XXI, proyectándola a escala continental y mundial, ampliando extraordinariamente el debate en torno a ella, y generando más y mejores ideas…A eso ayudó haberla lanzado sin una camisa de fuerza, abierta a la discusión.

Y no solo. Algo que no tiene precio es iniciar el proceso de cuestionamiento del capitalismo y de transición al socialismo en Venezuela (que no es lo mismo que decretar el socialismo) en forma sumamente original y en el marco de una democracia participativa e integral y de un desmonte progresivo del neoliberalismo, independientemente de que resten muchas cosas por definir, crear, desarrollar, profundizar y enriquecer.

Algo que estamos obligados a llevar a cabo, promoviendo una amplia participación popular, un rico debate y un esfuerzo teórico práctico colosal.

 II ¿Transición al socialismo o socialismo ya?

Una cosa es el tránsito al socialismo y otra el socialismo como modo de producción y distribución, sistema político, instituciones, cultura y transformación de los seres humanos.

El tránsito es el proceso que conduce a esa meta y se diferencia de ella en que contiene no pocos elementos del pasado capitalista y precapitalista, especialmente en los países de capitalismo medio o bajo, o de capitalismo dependiente y tardío, como le llaman algunos autores.

Una cosa trae a la otra: permite avanzar progresivamente en una determinada dirección.

La socialización de la economía, la democratización y posterior extinción el poder estatal, la cultura… los cambios necesarios en la conciencia individual y colectiva, no pueden darse en actos instantáneos o de corta duración. Es más bien una orientación y una práctica transformadora de mediano y largo plazo.

Y esto es una verdad mayor en el caso de países de capitalismo atrasado y dependiente, sometido durante años, por demás, a la recolonización neoliberal y a sus efectos, acompañada muchas veces de fuertes o débiles herencias precapitalistas.

Se trata no solo de un proceso transformador, cuya velocidad, profundidad y extensión, varía por países en función de los obstáculos a vencer, de las trabas a superar y de la correlación entre las fuerzas del cambio revolucionario y las fuerzas contrarrevolucionarias internas y externas; si no también de un proceso multifacético e integral.

El capitalismo en general, y el latinoamericano-caribeño por igual, no es solo un modo de producción, sino sobre todo un sistema de dominación integral, que incluye otras esferas de la economía e importantes vertientes sociales, jurídicas-políticas, institucionales, militares, ideológicas, culturales…

Si en la economía es inviable una socialización instantánea, también lo es en los demás aspectos de la vida en sociedad.

Las cambios de una formación económica-social, política y cultural a otra, de un sistema a otro, enfrentan altos grados y variadas formas de resistencia, requieren de transformaciones profundas, exigen procesos y niveles de conciencia, demandan nuevas formas organizativas, nuevos métodos de gestión y participación, nuevas bases constitucionales, leyes, cambio de mentalidad…que tardan en lograrse.

La conveniencia de llamar el tránsito revolucionario por su nombre.

Por eso, cuando nos referimos a las alternativas al capitalismo, prcede hablar del tránsito hacia una sociedad post-capitalista, que históricamente ha sido conocida como sociedad socialista o socialismo.

Tránsito o transición es palabra clave para reflejar en la denominación del periodo el carácter procesal de la transformación, evitando así etiquetar con el nombre de socialismo lo que es un proceso hacia él, cargado de herencias, trabas y limitaciones a superar.

Esto, además, descarta mitificar la realidad y cargarle al socialismo los problemas y limitaciones del difícil y complejo tránsito hacia él.

Por eso no creo saludable ponerle el rótulo “república socialista” al país, o al conjunto de países, que inicien una transición de ese tipo, obviando el hecho de que siguen pendientes las transformaciones necesarias para llegar a esa y las dificultades que ellas representan.

En nuestra América esta clarísimo que los primeros propósitos de esa transición al socialismo consisten en desmantelar el modelo neoliberal que nos han impuesto y avanzar hacia la sociedad pos-neoliberal, socializando, parcialmente o completamente, determinadas vertientes estratégicas, tanto en lo económico y social como en lo político y lo cultural.

Neoliberalismo y pos-neoliberalismo

En esta parte creo conveniente apoyarme y tratar de enriquecer algunas ideas claves expresadas por el Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, en ocasión del Primer Encuentro de Pueblos y Estados por la Liberación de la Patria Grande, celebrando el año pasado en Sucre, Bolivia.

En primer lugar, el neoliberalismo ha implicado la disgregación y fragmentación, de las redes y organizaciones sociales de apoyo, solidaridad y movilización de los pueblos. Y es preciso reconstruir esas redes y movimientos, teniendo presentes las transformaciones irreversibles operadas en viejos sujetos sociales y la aparición de nuevo actores.

En segundo lugar, el neoliberalismo se ha consolidado, privatizando todos, o gran parte, de los recursos públicos; transfiriendo al capital privado las riquezas colectivas (empresas del Estado, servicios públicos, fondos pensiones, puertos, aeropuertos, carreteras, tierra, boques, playas, minerales, agua…).

Esto exige desprivatizar la riqueza colectiva, devolviéndosela a sus verdaderos dueños.

Esto equivale concretamente a desprivatizar para socializar esos recursos, cuidándonos de no volver al estatismo burocrático, centralista, corruptor y corrompido, que le sirvió de pretextos a las privatizaciones y se convirtió en una de las causas fundamentales del fracaso del “socialismo real”.

Esta desprivatización, en dirección a la socialización, implica un alto grado re-nacionalización, recuperación de soberanía y autodeterminación, en la medida las privatizaciones han favorecido sobre todo al capital extranjero-transnacional.

En tercer lugar, el imperialismo se impuso achicando las funciones económicas y sociales del Estado, no así la represiva ni las que sirven de apoyo al gran capital privado.

Y esto demanda potenciar y reposicionar el Estado, porque solo con un Estado fuerte podemos presionar, negociar y obtener logros en un contexto internacional adverso, hegemonizado por los partidarios de la globalización y la recolonización neoliberal. Un estado fuerte en lo económico, fuerte en lo cultural, fuerte en lo militar –aliado a otros estados similares- le ofrece a los movimientos sociales y a las fuerzas del cambio revolucionario un escudo de protección.

Hablamos de reforzar el Estado, pero no en el sentido del viejo capitalismo de Estado o del fracasado y mal llamado “socialismo de Estado”.

Hablamos de potenciar y reposicionar un Estado permanentemente controlado y atravesado por la dinámica, las luchas e iniciativas de los movimientos sociales y de las fuerzas políticas revolucionarias, que deben mantener su autonomía, capacidad de presión y poder de decisión; evitando que éste se convierta en presa de los viejos y nuevos empresarios y de las nuevas modalidades de privatización.

En cuanto lugar, el neoliberalismo se ha implantado, desplegado y consolidado, expropiando la participación del pueblo, comercializando y privatizando la política y sus instrumentos (partidos, instituciones), reduciendo la democracia al acto ritual de depositar el voto cada cuatro, cinco o seis años; secuestrando las decisiones, arrebatándosela al votante, corrompiendo, posibilitando que un puñado de magnates y las corrompidas elites de los partido tradicionales, subordinadas al imperialismo, se roben la representación del pueblo y actúen por él.

Este aspecto, vinculado a todos los demás de manera sobresaliente (dado el peso del poder político-gubernamental-estatal), nos emplaza a combatir el neoliberalismo desplegando y potenciando múltiples maneras y formas de democracia, innovando en materia de participación del pueblo, control social, congestión y autogestión en todas los órdenes, exigiendo e imponiendo participación en las decisiones, en todo lo que sucede en el país, desde la inversión en los municipios, presupuestos de alcaldías, presupuestos de empresas y de gobierno, hasta las firmas de convenios internacionales, programas de cooperación, contratos empresariales y política exterior.

Esto implica nueva democracia, democracia participativa e integral, combinación de representación y democracia directa, despliegue de la democracia de base en barrios, campos, zonas obreras, empresas, escuelas, universidades, clubes culturales, sistemas de salud, educación, deportes…

Y requiere de la creación del poder constituyente autónomo, de sucesivos procesos constituyentes que cambien las bases jurídicas sustantivas y abran paso a la nueva institucionalidad.

Una línea programática y de acción de ese tipo permite desmontar el modelo neoliberal y posibilita el avance de la socialización progresiva, en función de prioridades, necesidades y posibilidades reales. Significa a lavez un gran avance del proceso de transición al socialismo, que requiere, claro está, de otras innovaciones, creaciones y transformaciones en todos los órdenes.

Esto tiende a consolidar progresivamente la sociedad post-neoliberal, creando las premisas para una socialización y un desarrollo de más alto vuelo de la economía, la política y la cultura.

Su dinámica ascendente no podría prescindir de una adecuada separación, complementación y armonía entre los movimientos sociales y demás fuerzas del cambio revolucionario, de una parte, y el nuevo Estado que se vaya configurando, de la otra.

Como el Estado es por sí centralizador de decisiones, se requiere de la autonomía de los movimientos sociales y las fuerzas político-sociales transformadoras que por definición implican expansión y descentralización de las decisiones.

El Estado concentrador, el Estado como poder que se separa de la sociedad, debe ser contrarrestado por las fuerzas que representan socialización de las decisiones, democracia verdadera, contrapoder capaz de posibilitar el avance de la sociedad hacia el no poder.

Esa tensión, esa contradicción, habrá de estar presente en todo el proceso de consolidación de la sociedad post-neoliberal, en todo el curso de la transición al socialismo, e incluso una vez consolidado el socialismo. Solo habrá de desaparecer cuando se logre extinguir el Estado y crear una sociedad basada en la asociación de seres humanos plenamente libres, intensamente solidarios y emancipados de toda coerción y todo miedo. Seres humanos realmente nuevos, liberados de egoísmos, de individualismos infecundos y socialmente destructivos.

La ética que debe conducir a esa suprema meta estratégica debe estar siempre presente.

Más transformaciones dentro de la transición al socialismo.

Antes de llegar allá, claro está, queda por recorrer un largo camino de transformaciones en esa dirección, cambios y realizaciones que pasan por completar la transición hasta consolidar y desarrollar el proyecto socialista más haya del desmonte del modelo neoliberal y el avance del pos-neoliberalismo.

Ya tratamos lo relativo a una parte y a determinados componentes de esa transición vinculados a decisiones de gobierno y de poder, de nuevos gobiernos y nuevos poderes y contrapoderes.

Pero como dijimos que la socialización progresiva debe superar en todo los planos el capitalismo dependiente realmente existente, esto entrañaría más cambios transcendentes en diferentes esferas y vertientes, tales como:

En las relaciones de propiedad.

En la distribución del ingreso nacional.

En las modalidades de gestión de las empresas, entidades e instituciones públicas.

En las características del mercado y de la economía.

En los procesos de integración –cooperación con otras economías de la región, procurando mas poder para contrarrestar la globalización neoliberal y la integración subordinada a EEUU.

En las prioridades de inversión en función de la felicidad de los seres humanos.

En la relación seres humanos- naturaleza.

En la relación de poder entre los géneros y en la familia.

En la relación entre adultos, jóvenes y niños.

En el tema étnico-racial y sus articulaciones con el poder.

En el vínculo entre lo civil y lo militar, las Fuerzas Armadas, las Policías, los aparatos de seguridad y la sociedad civil.

En la ética política.

En las conciencias y valores que mueven los seres humanos.

En el poder de información y comunicación.

En la concepción de desarrollo.

En el tratamiento del patrimonio histórico, cultural y científico.

En las relaciones internacionales.

En las bases constitucionales del sistema jurídico-político.

En los valores de la democracia y el tipo de democracia.

En la concepción sobre los derechos humanos.

En el tratamiento de la sexualidad.

En el vínculo entre Estado y sociedad civil, Estado y movimientos sociales, Estado y organizaciones políticas o político-sociales.

En el ejercicio del sufragio.

En los sistemas de administración del Estado y sus instituciones.

En el concepto ciudadanía y los derechos ciudadanos.

Y todo esto, lógicamente, necesita ser desglosado.

Prioridades y exclusiones en algunas propuestas de transición.

Hay quienes en relación con la socialización de la economía priorizan dos aspectos muy importantes dentro de la propuesta, de por sí socializante, de democracia participativa:

1) Reemplazar la economía de mercado por la economía del valor; esto es, librar a la sociedad de la dictadura de los precios, montando un sistema en que el trabajo socialmente necesario para crear productos y servicios, pueda ser medido e intercambiado, generando una economía de equivalencias.

2) Garantizar una justa distribución del ingreso nacional, creando un sistema impositivo que revierta hacia la sociedad gran parte del excedente, de las ganancias de las empresas de propiedad privada, de los fondos públicos, y de las concesiones y áreas contratadas que resultan de las negociaciones con el gran capital.

Desde esa visión el énfasis respecto a las expropiaciones-nacionalizaciones, a la socialización de la propiedad privada, no aparece.

Entre los que así platean las cosas se encuentra Heinz Dieterich, un destacado precursor de la idea de un nuevo socialismo del siglo XXI, que en ese orden, acompañado de otros pensadores, ha ofrecido valiosos aportes científicos y detalles consistentes para su implementación. También el talentoso latinoamericanista soviético y entrañable amigo Kiva Maidanik, fallecido recientemente.

Creo sinceramente que Dieterich y su escuela han contribuido significativamente a la renovación del pensamiento revolucionario y a la actualización y recreación del proyecto socialista.

Pienso también que a esa propuesta de transición al nuevo socialismo deben incorporarse con rigor y fuerza las desprivatizaciones, nacionalizaciones, expropiaciones y confiscaciones, en dirección a la socialización progresiva de la propiedad sobre los medios de producción, distribución comunicación y servicios básicos.

Porque la propiedad privada sobre esos grandes medios entraña poder y es una de las características esenciales del capitalismo, más aun del capitalismo neoliberal. Y porque ella en sí es un obstáculo enorme para desarrollar una economía de equivalencias.

Socialización progresiva de la economía, pero integral.

Sin embargo, la desprivatización, la modificación de las relaciones de propiedad que estoy planteando, no equivale a la ya fracasada estatización, menos aun a la estatización generalizada.

Los cambios en las relaciones de propiedad capitalista, la conversión de la gran propiedad privada en propiedad social, precisan de cierto rigor y gradualidad, lo que en el proceso de transición incluye su coexistencia con otras formas de propiedad privada, mixta e individual.

Deben medirse bien la prioridad, pertinencia, modalidad y necesidad de cada paso y en cada caso de expropiación- confiscación- nacionalización, contemplando las reales posibilidades de realización exitosa, teniendo bien presente su carácter estratégico o no, su relación con la seguridad el país y con la soberanía, su tecnología y su relación con la economía de escala.

Si progresiva debe ser la socialización en todos los órdenes, lo es también en el campo decisivo de la propiedad.

En el proceso de transición es necesario combinar diversas formas de propiedad en función de todos esos factores. Y para evitar traumas sociales de envergadura y resistencias innecesarias, el proceso de socialización o colectivización de la pequeña y mediana propiedad debe ser voluntario y a través de formas asociativas respaldadas por el Estado.

Al latifundio hay que romperle el espinazo y erradicarlo, estableciendo topes en la tenencia de tierra según la categoría de los terrenos.

Estoes válido tanto en sus modalidades de explotación precapitalista como de capitalismo atrasado y explotación extensiva.

Esta es la única manera de solucionar el drama del minifundio improductivo y de los (as) campesinos sin tierra, privilegiando a al vez las formas de propiedad social y de trabajo colectivo (cooperativas, proyectos colectivos y otras modalidades asociativas); estableciendo mecanismos de financiamiento y asistencia que privilegien las áreas articuladas a la reforma agraria.

Las inversiones extranjeras no son “persé” dañinas ni totalmente recusables, sino que algunas pueden ser reguladas o entrar en el área de la propiedad mixta, o a determinadas formas contractuales de mutuo beneficio. Igual a las concesiones de explotación, operación y/o comercialización que no afecten la soberanía sobre la propiedad.

En ese terreno no hay receta rígida, sino una orientación general hacia el predominio de lo social.

Esto también tiene una relación directa con el destino del excedente, con los impuestos sobre los beneficios y la relación entre la apropiación por minorías de las ganancias de las empresas privadas y el destino de una parte significativa de ellas para el bienestar colectivo, tanto de los (as) trabajadores (as) de las empresas, como de la sociedad en general.

La transición al socialismo debe poner en el centro de su mira el ser humano, su bienestar, su felicidad, a través de una combinación de medidas. Y esto requiere de un estado altamente distribuidor, en términos justos y equitativos, del ingreso nacional, por la vía de un sistema fiscal que penalice las grandes ganancias y riquezas privadas y mediante un presupuesto nacional que eleve constantemente en el gasto social.

Requiere también, junto a las empresas públicas de carácter estratégico, de empresas de propiedad social, ya sea municipal, cooperativa, asociativa, mixtas, interestatales, regidas por sistemas de autogestión y cogestión.

El tipo de administración, las características de la gestión empresarial, las formas de escogencia de lo gerentes y ejecutivos técnicos, no están de ninguna manera desvinculadas de la socialización y de sus esencias democráticas. La participación de los colectivos laborales y de la sociedad en las decisiones y en la fiscalización de sus procesos es consustancial a la intención de socializar de verdad los medios de producción, distribución y servicios públicos.

Igual el diseño de presupuestos, el control sobre su ejecución y el acceso a los estados financieros de empresas, entidades autónomas del Estado y propiedades de conglomerados sociales.

El estatismo, la propiedad pública, sin autogestión de las comunidades laborales o sin cogestión entre administradores, gerentes y comunidades laborales, deviene en estatismo burocrático, donde excedentes y patrimonios están sujetos exclusivamente a la voluntad de la burocracia y la tecnocracia y, por tanto, a la dilapidación, a los privilegios y a la corrupción.

El mejor antídoto a esos males, lo que convierte definitivamente la propiedad estatal en propiedad social, es la participación de los (as) trabajadores (as) en la gestión, el control de los colectivos laborales sobre las administraciones, su participación en la distribución del excedente, el destino de la inversión empresarial y social, la designación de los administradores y directivos por concurso, el acceso a los estados financieros, la elaboración de sus presupuestos con su participación y la de las comunidades vinculadas a través de los mecanismos de control moral creados a nivel institucional.

Otro capítulo trascendente es todo lo relativo a las regulaciones del mercado, al comercio exterior y a la progresiva transformación de la economía de mercado en economía de valor y equivalencias.

La competencia no debe ser ilimitada, ni en las relaciones internas de mercado ni el vínculo con el mercado internacional.

Hay sectores que deben ser estimulados por la vía de la relación entre costos y precios, con el respaldo estatal-gubernamental.

Hay sectores productivos y/o consumidores que necesitan ser protegidos y asistidos para su adecuada rentabilidad en un caso y para elevar su capacidad de compra en el otro.

Lo sistemas de control de precios, de almacenamientos, de impuestos y aranceles, deben ser palancas de intervención y regulación en procura del desarrollo de las fuerzas productoras nacionales, del intercambio justo y la justicia social.

El impulso en grande para avanzar hacia una economía del valor y equivalencias, en la que las horas de trabajo invertida en la producción de bienes y servicios, sea el factor determinante en el intercambio, adquiere un valor estratégico en el proceso de socialización; muy superior a las necesarias regulaciones temporales del mercado. En ese orden existen valiosas investigaciones aplicables en este tipo de transiciones revolucionarias.

Más allá de lo estrictamente económico: democracia real

El socialismo, claro está, no es solo economía: Y por eso lo trascendente de la democracia participativa e integral, sustentada en nuevos sistemas constitucionales, creados y desarrollados por la vía de la participación popular, de procesos y poderes constituyentes autónomos, capaces de superar las “democracias” estrictamente electorales, representativas, liberales y neoliberales.

La transición al socialismo es a la vez una transición hacia una nueva democracia, hacia una democracia real, verdadera, en la que el poder del sufragio se traduzca en ejercicio cotidiano y creación constantes de múltiples maneras de democracia directa, de participación y control ciudadano sobre las estructuras electas.

Que apoyándose en las garantías, normas y principios constitucionales incorpore el respeto en el ejercicio gubernamental y la gestión económica-social todas las generaciones de derechos humanos (individuales, políticos, sexuales, sociales, medioambientales…).

Que posibilite y promueva la abolición de todas las formas de dominación, de todas las relaciones de poder basadas en la discriminación, la opresión y la injusticia.

Que abra las compuertas a la equidad entre los géneros y deje atrás aceleradamente la sociedad patriarcal; que tire por la borda el patriarcado junto al capitalismo neoliberal.

La transición al socialismo y los programas de desarrollo integral son inseparables de la adopción de políticas y planes que reformulen profundamente la relación seres humanos naturaleza, deteniendo la depredación, la desertificación, la contaminación, el empobrecimiento de la naturaleza y la injusta y bárbara distribución de la misma que le asigna las partes mas empobrecidas y riesgosa a los (as) más pobres.

La naturaleza y el ambiente son un patrimonio social de las presentes y futuras generaciones y no debe estar sujeta al afán de lucro, al exclusivo interés de la ganancia privada, irresponsable socialmente.

La regulación de ese trascendente capítulo, que incluye la exclusión de la propiedad capitalista sobre los recursos naturales estratégicos, además de normas preservadoras y de contención de su afectación desde la empresa privada, social y del Estado, es algo irrenunciable para detener y revertir todo lo que en ese plano atente contra la vida.

Todo lo que daña la naturaleza, daña a los seres humanos del presente y del futuro. Impedirlo y revertirlo es de alto interés social, palanca clave para un tránsito revolucionario que procure salvar la humanidad de la crisis de existencia impuesta por el gran capital privado y la globalización de sus espurios intereses.

La opresión de clase esta atravesada y potenciada por otras variantes de opresión-discriminación-subordinación, entre ellas por el poder de los adultos contra los niños (as) y los jóvenes. Y ella a su vez la atraviesa a todas.

La sociedad en crisis que nos proponemos reemplazar, no es solo capitalista-dependiente, sino además de patriarcal (machista), adulto-céntrica, estructurada por imponer el reino, los intereses, las ideas y privilegios a favor de los adultos.

Ni el tema del ambiente y la naturaleza, ni el patriarcado, ni la abusiva hegemonía de los adultos, pasaron a ser preocupaciones fundamentales del tránsito que en Europa Oriental-y no solo- devino en el socialismo irreal. El capitalismo ha potenciado todas esas variantes de la opresión de unos seres humanos sobre otros. La nueva democracia, el un nuevo socialismo y el tránsito hacia él, para plasmar en cadena un proceso integralmente liberador, tienen que asumir con toda seriedad la derrota y la superación definitiva de esas formas de opresión y dominación funcionales al sistema capitalista.

El tránsito al socialismo, en consecuencia, debe incorporar como protagonista de primera línea a la juventud y sus anhelos, facilitando su conversión en sujeto político-social transformador. Algo también obligatorio para el movimiento emancipador de las mujeres y para los movimientos sociales abanderados de la emancipación de las etnias y nacionalidades históricamente oprimidas y discriminadas.

El tema étnico-racial, como el de las nacionalidades subordinadas, especialmente el de los pueblos originarios de nuestra América, debe ocupar un lugar relevante en el tránsito necesario y difícil que proponemos. Igual los derechos de los pueblos emigrantes dentro las metrópolis re-colonizadoras.

En todas esas vertientes hay un enorme potencial de las fuerzas del trabajo explotadas y excluidas por el gran capital y también culturas de inmenso valor para las nuevas formas de socialización.

En no pocos casos el nuevo socialismo deberá ser indo-americano y/o multiétnico y multinacional, o no será socialismo.

En la consolidación y permanencia de todas las modalidades de opresión han estado siempre las fuerzas armadas, las policías y los aparatos de seguridad del viejo orden en crisis; acompañadas casi siempre de la presencia de tropas extranjeras (particularmente de EU), asesores militares al servicio de la dependencia y la recolonización, bases y tratados militares funcionales a las estrategias militares imperialistas.

El cambio de la correlación en el terreno militar es imprescindible para garantizar el éxito de la nueva transición revolucionaria, ya sea por la vía del re-posicionamiento (en el sentido de esos cambios, del anti-neoliberalismo, del antiimperialismo…) de una parte importante de la fuerzas armadas regulares, ya por el desarrollo de poder armado y la capacidad disuasiva desde el campo popular, o por la combinación de ambos factores en dirección a recrear el poder militar en función de los intereses populares y nacionales.

Todo esto pasa por el cambio de mentalidad de una parte importante de nuestros soldados y policías, por el incremento de la capacidad insurgente del pueblo civil, por la alianza entre pueblo uniformado y pueblo no uniformado y, en fin, por el desarrollo político-militar de las fuerzas transformadoras junto al crecimiento de la conciencia nacional-popular entre civiles y militares.

Respecto a la presencia militar directa de los EEUU y sus aliados, es imperioso potenciar la lucha por la salida de sus bases y unidades militares de nuestros territorios y ampliar durante la transición el poder político-militar de las fuerzas transformadoras, para elevar a niveles insostenibles los costos de las nuevas invasiones militares extranjeras y las guerras de agresión de carácter contrarrevolucionario.

El tránsito debe apuntar, contrario a todo lo que nos ha tocado vivir y sufrir, a la refundación del poder militar sobre la base de una combinación de las nuevas fuerzas armadas regulares con el pueblo armado.

Y esas nuevas fuerzas armadas deben reconstituirse sobre la base de nuevos principios: beligerancia política (aunque no partidismo), hermandad con el pueblo, participación en la transformaciones y en los planes de desarrollo, derechos ciudadanos igualados a los de los civiles, no subordinación ni de los civiles a los militares ni viceversa; doctrina de seguridad propia, autonomía respecto a las políticas imperiales; lineamientos propios para enfrentar el problema de las drogas, el narcotráfico y la delincuencia de todo tipo…

La defensa y la seguridad nacional jamás deben separarse de la soberanía nacional y popular, de la justicia y la equidad social, del desarrollo integral de nuestros pueblos y naciones.

Salud y educación gratuita a todos los niveles, incremento de la capacidad y de las fuerzas productivas, seguridad alimenticia con cobertura total, saneamiento del ambiente y recuperación ecológica, superación de todas las opresiones y discriminaciones, deben ser prioridades inexcusables de la política de inversión del Estado y del programa transformador.

El desarrollo de las ciencias y las técnicas, el impulso a las tecnologías sintonizadas con nuestro peculiaridades nacionales, la adecuación a ellas de las tecnologías transferidas desde el exterior, deben tener por meta el bienestar colectivo, la defensa de la naturaleza y del ambiente, el crecimiento material y espiritual de lo seres humanos. Esto exige distanciarnos progresivamente de los modelos tecnológicos destructivos, del industrialismo capitalista depredador y de la generación de empleos y excedentes vía de explotación y sobre-explotación de los seres humanos.

Si la información veraz, la conciencia en torno a principios y valores diferentes a los hasta hoy predominantes, están inseparablemente ligadas a este tránsito, la revolución en los sistemas de comunicación, educación y formación de nuestros pueblos, resulta imprescindible.

Esto toca –aunque no exclusivamente- la propiedad de los medios de comunicación sensiblemente oligopolizados y monopolizados por las fuerzas del gran capital.

La democratización y la socialización tienen que incursionar en esa área, cuya tenencia y gestión deberán ser modificadas para favorecer la democracia participativa e integral y el tránsito al socialismo.

El proceso de la clientelización de la ciudadanía y de toda la sociedad debe ser derrotado y revertido.

Las mentes de nuestras compatriotas deben ser liberadas de toda manipulación.

Los libertades individuales y colectivas deben ser tan amplias y diversas como lo demanda la creación de una democracia plena.

Sus únicos límites deben ser todo lo que dañe su propia vida y la de otros seres humanos, la naturaleza, al ambiente, la sociedad en su conjunto; lo que implique apropiarse de los bienes colectivos, de los bienes individuales ajenos y del producto del trabajo y la creación de los (as) demás…

Esto incluye, sin regateo de ninguna especie, la libertad de opción sexual, los derechos de mujer sobre su cuerpo, el combate y la superación de los tabúes y prejuicios en materia de sexualidad y amor.

El sufragio debe ser liberado del oro corruptor y de los condicionamientos del poder, superando el clientelismo, la promoción del miedo y todas las trabas y consecuencias impuestas por el liberalismo y el neoliberalismo.

La participación, la democracia directa, los presupuestos participativos, el libre acceso a los estados financieros de las instituciones públicas y privadas, los mecanismos de control social y moral, pueden ser convertidos en antídotos de la corrupción y el tráfico de influencias, que implican robo a la sociedad.

Pero todavía de mayor trascendencia es la formación colectiva e individual en valores de alto contenido humano, ético y social:

- Amor a la Patria Chica, a la Patria Grande y a toda la humanidad.

- Defensa y protección los bienes públicos, la naturaleza, el patrimonio histórico y científico de la sociedad.

Acompañamiento de las luchas y demandas del pueblo pobre y explotado.

- Defensa de los derechos de la mujer y de la equidad en la relaciones de pareja y de familia.

- Protección del ambiente, liberándolo de la contaminación.

- Cuidar los niños (as), garantizar sus derechos a la felicidad, reconocer los derechos de la juventud y a erradicar el adulto-centrismo.

- Luchar contra la discriminación social y la opresión nacional.

- Rebelarse contra la explotación, los abusos, la exclusión, las arbitrariedades y las injusticias.

- Defender lo derechos de los (as) inmigrantes.

- Vencer el egoísmo, la insolidaridad, la insensibilidad social y humana.

- Pensar sin ataduras, crear, innovar, para bien propio y colectivo.

- Transformarnos, en fin, cada día, en seres humanos nuevos, hombres y mujeres, adultos y jóvenes, niños y niñas, solidarios, bondadosos, honestos, capaces, inteligentes, veraces, modestos.

Entonces, cumplidos en gran medida estos propósitos, la patria, el país, la sociedad habrá logrado la transición necesaria para proceder a vivir y desarrollar el nuevo socialismo, un socialismo a tono con las exigencias y desafíos del siglo XXI.

Entonces, una vez logradas esas transformaciones y alcanzados estos propósitos, podríamos decir a pleno pulmón, algo que escribí hace ya algunos años:
“Aquí se proclamó el socialismo”.
“No se trata de la felicidad plena”.
“Más allá, caminando hacia el horizonte podremos aproximarnos más aun a ella.”
“Nunca desmayen por lograr, día a día, paso a paso, dolor a dolor, alegría tras alegría, algo cada vez mejor”.
(Asalto al Cielo, del poemario Inseparablemente Juntos, Pág. 66, diciembre 1998. Santo Domingo, República Dominicana)

¡Y que no se detenga en esa estación el tren de la historia.¡

Claro que para eso es muy útil el permanente rearme de la utopía, la renovación constante del sueño realizable.

Entonces, sin ningún rubor ni temor a equívocos, podríamos denominar a nuestras repúblicas, repúblicas socialistas.

 III El nuevo socialismo como proceso continental y mundial.

El tránsito a un nuevo socialismo puede tener como primer escenario las fronteras nacionales de un país o grupo de países.

En Cuba, tiene casi medio siglo de vigencia una revolución de orientación socialista, con un modelo de tránsito predominantemente estatista, modificado parcialmente después del inicio del llamado periodo especial.

En los hechos la voluntad de tránsito al socialismo ha ido expresada también en Venezuela con bastante claridad, acompañada de los primeros pasos en esa dirección.

En ese país hermano es claro un proceso hacia la revolución, que ha modificado significativamente factores del poder temporal y del poder permanente y que inicia ahora una etapa de radicalización de esos cambios, vía reformas constitucionales, nacionalizaciones de áreas estratégicas, conformación de un partido unido o fuerza política de vanguardia, y de otras medidas anunciadas recientemente.

En Ecuador, el nuevo gobierno -montado todavía sobre las viejas instituciones y las antiguos estructuras sociales capitalistas-dependientes y oligárquicas- ha declarado, con mucha firmeza, la decisión de hacer una revolución radical, derrotar el neoliberalismo y emprender el camino del socialismo del siglo XXI.

Su actitud frente al TLC, al FMI, al Banco Mundial., a la cuestión petrolera, a la Base de Manta, al Plan Colombia, a la Constituyente… son señales esperanzadoras en dirección a un proceso de cambios, que a penas se inicia y que ya enfrenta una feroz resistencia oligárquica-imperialista y algunas incongruencias gubernamentales.

El grado de conciencia, organización y popular, expresado en el Ecuador en los últimos años y recientemente, parece ser de todas maneras una garantía para nuevos avances.

En Bolivia, con más tiempo de ejercicio gubernamental, el discurso del nuevo liderazgo no tiene tintes tan radicales.

El viejo aparato estatal boliviano, que actúa como camisa de fuerza, perdura aunque ciertamente amenazado por una red de organizaciones y corrientes políticas- sociales definidamente anti-neoliberales y antiimperialistas.

La Asamblea Constituyente ya instalada, dirigida a cambiar las bases constitucionales del país y el sistema político vigente en dirección una democracia participativa, si bien cuenta con una mayoría progresista y con importantes componentes revolucionarios, exhibe significativas limitaciones para dar un salto en la dirección deseada. Todo parece indicar que necesitará de la ayuda de una fuerte presión social extraparlamentaria.

El tema del agua, la reivindicación de la hoja de coca y de los recursos mineros, el trascendente problema del gas, la propiedad latifundista…han sido objeto de importantes oleadas populares, parcialmente asumidas por las acciones de gobierno y desafiadas por una oligarquía cavernícola.

La alianza de Bolivia con Venezuela y Cuba resulta ser muy alentadora, incluyendo lo relativo a la recepción de la cooperación militar ofrecida por Chávez, mientras la proclividad de su gobierno a firmar el TLC con la comunidad económica europea y el envío de tropas a Haití, son evidentemente señales de ambivalencia.

Por otra parte, la victoria sandinista en Nicaragua alienta el viraje a la izquierda del continente, por encima del tono conciliador y la expresa moderación del nuevo gobierno de Daniel Ortega en materia de política interna. Su afiliación al Alba entra en contradicción con la vigencia del TLC, mientras el desplazamiento de la derecha tradicional entregada a Washington, en el nuevo contexto continental, crea mejores condiciones para el protagonismo de las bases populares del FSLN.

Con grados diferentes de intensidad y firmeza, el tono antiimperialista es común en estos cinco casos. Y no solo, sino que mientras en Cuba y Venezuela la definición anticapitalista y pro-socialista presenta hechos incontrovertibles, en Ecuador se adopta como propósito de gobierno y en Bolivia - sin que se manifieste homogéneamente- tiene también expresiones dentro y fuera de lo institucional, aunque evidentemente más débiles. En Nicaragua la dirección del FSLN hasta la fecha obvia ese trascendente tema.

El hecho real es que estas realidades, con su altos y moderados desniveles (según las comparaciones posibles), se diferencian de las de Brasil y Uruguay; ni hablar de la existente en Chile, donde las políticas y los modelos neoliberales siguen campantes, y donde gobiernos asumidos por fuerzas autodenominadas de izquierda o centro izquierda, se han convertido en variantes de la derecha en aspectos esenciales de su gestión, salvo en lo relativo a algunas políticas sociales y a algunas posiciones puntales en política exterior.

En Venezuela, Ecuador y Bolivia, más en el primero que en los otros dos, puede hablarse de las posibilidades actuales y reales de revolución, de proyectos de sociedades post-neoliberales y de tránsitos al socialismo. Y esto refuerza la actualidad del socialismo como alternativa al capitalismo, conscientes sí que el proyecto transformador en esos países apenas está en sus albores.

En Cuba la revolución es un hecho desde hace muchos años. El carácter anticapitalista del proceso es factor dominante y lo que está en jueguen la actualidad para las fuerzas revolucionarias allí es el tipo de modelo mas apropiado para crear más socialismo a la luz de este nuevo siglo.

Cuba resistió los efectos demoledores del colapso del “socialismo irreal” y de la desintegración de la URSS, hasta que su revolución empalmó con este nuevo auge revolucionario y con un periodo en el que se plantea con mucha razón la necedad de un socialismo diferente, nuevo del siglo XXI. Y esa confluencia en el tiempo –y a tiempo- le imprime una mayor subjetividad al proceso y eleva la mística continental a favor de los nuevos cambios.

Estamos, pues, ante la posibilidad de nuevos alternativas al neoliberalismo y de nuevos tránsitos al socialismo y ante el anuncio de otros procesos inspirados en ese ideal debidamente renovado; asumidos también por fuerzas insurgentes y no insurgentes en otros países, donde si bien no se han registrado cambios de gobierno en esa dirección, el proceso de acumulación de fuerzas es sumamente promisorio.

En el FMLN de El Salvador, las FARC-EP de Colombia, el EZLN de México, las fuerzas de la Otra Campaña y el PT de México, el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), el PSOL y sectores del PT de Brasil, en las bases y corrientes revolucionarias del Frente Amplio de Uruguay, y en otros movimientos políticos sociales del continente….hay un valioso acumulado de masas y poder popular por una nueva democracia y un nuevo socialismo. En Perú ha variado en grande la correlación de fuerzas a favor de las posiciones anti-neoliberales que canalizó a su favor el liderazgo nacionalista de Ollanta Humala, mientras que en México el deseo de cambio e las mayorías sobrepasó y presionó a nivel electoral las posiciones moderadas de la alianza progresista al PAN y al PRI, en mayor grado después que el fraude evidenciara el veto oligárquico-imperialista a todo lo que atente contra el poder de la derecha monda y lironda.

Esos procesos pueden avanzar más o menos aceleradamente en sus respectivos escenarios nacionales.

Pero es claro ya –y esto es muy positivo- que la ola de cambios no se está expresando simplemente en una tendencia al tránsito al socialismo en un solo país, y que por demás entre los países en trance de revolución esta incluida Venezuela con sus grandes potencialidades de desarrollo como nación.

Y es todavía más alentador, que las fronteras bolivarianas y el despliegue de las nuevas transformaciones apuntan en dirección de la liberación de la Patria Grande, dado que de más en más se está pensando en términos continentales, en nuevas independencias, nuevas democracias y nuevos socialismos a escala latinoamericana-caribeña

Alentador y trascendente porque un soberanía pequeña o mediana, una revolución liberadora, que se sume y articule a otras, darían progresivamente como resultado una soberanía mayor y un tránsito revolucionario con mayores alcances y posibilidades de éxito, con mas potencia emancipadora.

No olvidemos que el capitalismo es un sistema mundial, además de un orden de dominación integral (económica, social, política, militar, ideológica-cultural).

No olvidemos el poder del capital altamente concentrado sobre las fuerzas productivas, el sistema financiero, el mercado mundial, el comercio mundial, las fuerzas armadas regulares, los medios masivos de comunicación, el modo de vida, la naturaleza…a escala planetaria

Ese poder mundial incluye el poder continental, la estrategia de dominación continental de los EEUU y de otras potencias capitalistas, las fuerzas gubernamentales e instituciones subordinadas y funcionales a ellas, los poderes oligárquicos tutelados por el imperialismo, los sistemas políticos y las estructuras dependientes.

Por eso, el despliegue del tránsito al socialismo y el socialismo en su plenitud, son impensables sin una dimensión internacional, sin avances sostenidos sobre esa dominación mundial. Y esto, en nuestro caso, comienza por lo continental.

Mientras los cambios en marcha trasciendan en mayor grado las fronteras de un país o de un grupo limitado de países, más posibilidades tendrán el tránsito al socialismo y el socialismo como tal, y más profundos y creadores pueden resultar esos procesos emancipadores.

Los límites nacionales le facilitan al imperialismo contenerlos, afectarlos, bloquearlos, estancarlos…

Por ejemplo, Cuba aislada como estaba, solo tenía posibilidades de sobrevivir con escasos avances y significativos retrocesos. Ahora, con lo que pasa en Suramérica y en Nicaragua, tiene mayores posibilidades de crecer, crear y desarrollar más socialismo…

Igual es para Nicaragua, comparándola con la Nicaragua post-derrumbe de la URSS, esto sin obviar la necesidad de no incurrir en los errores del pasado y en la cultura de la maniobra convertida en forma de conciliación con el capitalismo.

De ahí lo lamentable del curso de la política gubernamental de Lula y el PT brasileño y de su conversión en una especie de administrador (más eficaz por tratarse de una fuerza y un liderazgo de origen popular), del modelo neoliberal, limitándose en lo interno a limar sus aristas más hirientes, distribuyendo mejor algunos excedentes, pero garantizándole al gran capital transnacional y a la gran burguesía paulista (de Sao Paulo) las mayores ganancias de los últimos tiempos.

Lamentable, porque un viraje de Brasil hacia un modelo de democracia participativa, hacia un curso post-neoliberal de orientación socialista (y el PT tenía una buena social para hacerlo), tendría un impacto todavía mayor que lo acontecido en Venezuela. Porque solo el viraje de Brasil equivale aceleraría extraordinariamente el viraje continental. Y el viraje de Brasil junto a Venezuela desataría una marea incontenible.

Lula tuvo la posibilidad de convertirse en un gran líder del nuevo socialismo continental y mundial. El ejemplo de Chávez lo confirma con creces Y esto hubiera acelerado todas las transiciones en marcha y potenciales.

Solo los positivos efectos de su limitada resistencia al ALCA indican lo que significaría romper las ataduras respecto al capitalismo actual y a la democracia liberal.

Uruguay no pesa tanto ni materialmente ni geográficamente, pero no sería nada despreciable que hubiera desistido del trillo que la está conduciendo a imitar con creces los pasos de Lula y del PT. El impacto en el Cono Sur de un Uruguay leal a los postulados iniciales del Frente Amplio y sintonizado con la Venezuela de Chávez hubiera sido formidable.

El tránsito al socialismo –como hemos subrayado en otros trabajos- implica transformaciones de largo aliento, que solo restándole progresiva e ininterrumpidamente fuerzas productivas, espacios territoriales, mercados, instituciones, empresas, poder político, reservas naturales y científicas, y poderío militar al capitalismo y al imperialismo actual, podría completar, garantizando y llevar a feliz término hasta lograr la extinción de los Estados como medios de coerción.

Y esa no es meta alcanzable desde un país o grupo de países, sino desde un proceso continental y mundial, repleto de latinoamericanismo, antillanismo e internacionalismo revolucionario. Nada uniforme. Suma de diversidades, variedades y múltiples actores de las transformaciones.

Continental como suma articulada y cooperante de las multirraciales naciones caribeñas-latinoamericanas.

Mundial como producto de la victoria planetaria del trabajo sobre el capital racista, xenófobo, machista, adulto-céntrico y ecocida; como sistema integrado de transiciones socialistas variadas hacia la socialización plena.

Y es esa dimensión internacional del tránsito revolucionario al socialismo, lo único que posibilitaría el proceso de extinción de los aparatos estatales, la autogestión en todas las vertientes, la asociación libre de seres humanos libres, y la plenitud del socialismo camino al comunismo, como máxima expresión del no poder y la no dominación de uno seres humanos sobre otros.

La existencia de otros Estados bajo control capitalista, de corporaciones transnacionales, de ejércitos transnacionales, de guerras de conquista, de monopolios, oligopolios y mercados bajo su dominio, impide el despliegue del socialismo en toda su extensión y profundidad, y afecta la velocidad y profundidad de los procesos de tránsito hacia él.

De ahí el valor del nuevo internacionalismo como contrapartida de la globalización capitalista, la importancia de la unidad de las fuerzas del cambio en el contexto de una estrategia de ruptura y creación de todos los actores comprometidos con los valores de la nueva democracia y del nuevo socialismo.