CANCIONES por Palestina, Colombia y Sahara

En Xixón 22 mayo:

Poemas. Sahara, Palestina. Colombia

Cancios interpretados por Cuarteto de la Ventolín,
Pandereteres Nun Tamos Toes,
y REPERcusión Feminista.

Ritmos de batucada, Chalanes de Llibertá, La estaca, el Anda Jaleo, Agarrao y les Sueltes, para terminar con A las barricadas.

En pura solidaridad musical con las gentes movilizadas en Palestina, Colombia y Sahara.

http://www.pachakuti.org/spip.php?article1420

Rafeef Ziadah, sobre su abuela.

Ella mantenía lejos el caos. Doblando, remendando, barriendo.

El caos no nos llegaba aquí.
Aquí ella hacía Palestina cada día. Tejiendo sus flores brillantes.
Tejiendo sus historias con delicadeza hasta que cada uno
de nosotros conocía el olor de la primavera allá.
Todos sentíamos que queríamos ir allá.
Ella reconstruía las casas y las danzas y la estación de la cosecha.

Lo único que mi abuelo siempre quiso hacer

era levantarse al amanecer,
mirar a mi abuela Nil y rezar en un pueblo escondido entre Yaffa y Haifa.
Mi madre nació bajo un olivo
en la tierra que dicen que ya no es mía.
Pero cruzaré sus barreras,
Sus checkpoints, sus malditos muros de apartheid,
y volveré a mi hogar.

Soy tres generaciones de remendar carpas y hogares.

De recoger y empezar de nuevo. Maletas y llaves.
De guardar las sobras porque el asedio se cierne sobre nosotras; y siempre llega.
De dormir en suelos de aeropuertos.
De memorizar las preguntas de Inmigración y los mapas.
De amar a hombres demasiado enamorados de sus revoluciones para amar de verdad.
De amar a niños que aún no saben qué pasó con su hogar.
De celebrar los funerales tan intensamente como las bodas:
de bailar el dabkeh como si nos fuera la vida en ello.

La Palestina que conozco

me enseñaba dabkeh en un refugio en Beirut bajo el sonido de las bombas.
Reunía a los niños y riendo decía: “Están haciendo música para nosotras”.
Era una mujer tan llena de amor, reía fuerte y pisaba fuerte.
"Soy yo haciendo vibrar el edificio. ¡No tengan miedo!
Nunca dejen que ellos los espanten".

La Palestina que conozco

no tiene pases VIP.
Ella no negocia el tamaño de nuestra prisión
Ella rompe sus muros
Ella no dialoga a través de sus barrotes
Ella rompe esos barrotes y los golpea
al ritmo de las viejas canciones de libertad de los esclavos.

Hombre naranja: guarda tu dios de rascacielos y tierras prometidas.

Dios de emperadores y alianza profana.
Nuestra fe es un niño maniatado y rodeado de soldados.
Nuestra divinidad es una mujer agarrando una piedra
luchando en los callejones de la Ciudad Vieja
Nosotras rezamos al Dios de la poesía en cada aliento en Jerusalem
Nosotras luchamos.

Jeroglíficos del exilio. Bahia Awah

En mi infancia como pastorcito/ de dromedarios,

escuchaba decir:/ “la gacela muere en su sequía”.

En años de destierro/ he ido descifrando

ancestrales jeroglíficos/ como un verso suelto,

anónimo,/ sobreviviendo/ siglos de olvido.

Pobre, y rico, de mi condición saharaui,

así se lo digo, poeta hispano,

como Machado,/ como Lorca,/ como Neruda

como Badi/ o como Beibuh.

Poeta antimonárquico y guerrillero,

por la libertad, un día alegre/ morirá mi corazón soberano.

Un hombre ha trasformado su espalda en un cartel: ‘6.402 falsos positivos’, está escrito. En el omoplato izquierdo se lee: ‘105 disparos’. Y en el centro un ‘S.O.S COLombia’. Su espalda, con manchas rojas, es su territorio de lucha. Su cuerpo es el arma y la bandera. Un adolescente imperturbable ha teñido con tinta roja su camiseta rota a la altura del corazón. Las gotas de sangre simulada alcanzan a la bandera que lleva atada a la cintura junto a la de los indígenas. Con un tapabocas, también enrojecido, y con las manos en alto, posa para las fotos. Junto a él una joven alza un tablero con la imagen de una indígena con el puño en alto: ‘Por la dignidad, resistencia’.

Cuestión de estadísticas Piedad Bonnett

Fueron veintidós, dice la crónica.
Diecisiete varones, tres mujeres,
dos niños de miradas aleladas,
sesenta y tres disparos, cuatro credos,
tres maldiciones hondas, apagadas,
cuarenta y cuatro pies con sus zapatos,
cuarenta y cuatro manos desarmadas,
un solo miedo, un odio que crepita,
y un millar de silencios extendiendo
sus vendas sobre el alma mutilada.