¿ Derechos del Común y Bienes Comunes?

(traducción a cargo de Marco Rizzardini)

El juez de Handke
Por Carlo Formenti

“El abuso de derechos se ha convertido en una religión en sí, un culto idólatra, tal vez el último: hacer alarde y exagerar los derechos de uno contra los vecinos de la puerta de al lado como prueba de su propia existencia. Asesto golpes a mi alrededor con mis derechos, así que existo. Y esa es la única manera de que exista”.
El autor de este desahogo es un personaje de la última novela de Peter Handke, Das zweite schwert (La segunda espada, editada en italiano por Guanda). Quien pronuncia estas palabras es un viejo juez, cercano a la jubilación, que el protagonista se encuentra por casualidad mientras vaga por el campo de la Isla de Francia rumiando un antiguo proyecto de venganza. Aunque su relación es totalmente superficial, el juez escoge ese momento ocasional de intimidad para expresar algunas creencias "heréticas" (dada su función) sobre el papel de asesina de la sociedad que la inflación de los derechos está fatalmente destinada a desempeñar. Me parece que las dos páginas (de las que extraje estas pocas líneas) que contienen esa confesión inesperada, pueden tener alguna conexión con el linchamiento mediático al que Handke fue sometido hace unos años, debido a las opiniones expresadas sobre el juicio de crímenes de lesa humanidad celebrado por la Corte Penal Internacional contra el ex Primer Ministro serbio Milosevic. Pero volveré a eso más tarde.

Antes me gustaría decir dos cosas que inmediatamente me vinieron a la mente cuando leí esa frase, << hacer alarde y exagerar los derechos de uno contra los vecinos de la puerta de al lado como prueba de su propia existencia>>. En primer lugar, recordé la controversia que Onofrio Romano y yo planteamos con respecto a la tesis apoyada en el libro Il diritto di avere diritti,de Stefano Rodotá. Por un lado, escribimos, en el momento en que se elevan a motor de un proceso de emancipación ininterrumpido y potencialmente sin límites "los derechos del individuo", es decir, de una entidad abstracta, individual, cosmopolita, portadora de requerimientos de reconocimiento legal que se reclaman, al mismo tiempo, recortadas sobre el individuo y "universales", Rodotá contribuyó, aun inconscientemente, a ampliar aún más el abismo entre los derechos individuales y los derechos sociales abiertos por la revolución liberal y apoyado por los teóricos socialdemócratas de la tercera vía (de Giddens a Beck). Por otra parte, liquidaba de hecho como residuo anacrónico cualquier idea del bien común basada en la prioridad de los intereses colectivos (de una clase, una comunidad nacional o de otro tipo) frente a los de la así llamada "persona", eliminando la verdad enunciada por Marx – pero también por docenas de otros autores – según la cual no hay individualidad fuera de las relaciones sociales concretas que la componen.

La segunda consideración se refiere a las manifestaciones destartaladas contra las medidas que muchos gobiernos, incluido el nuestro, han tomado tardíamente para hacer frente a la muy previsible segunda ola de la pandemia covid19. Destartaladas porque si se tenía que criticar a los líderes políticos de esas decisiones, se debía hacerlo por no haber hecho prácticamente nada para hacer frente a la amenaza contra salud, transporte y escuela, sacrificando culpablemente la protección de la salud a los intereses de las élites económicas (a su vez miopes al no entender que los efectos económicos de una catástrofe de salud amenazan con ser más graves que los del confinamiento). Pero aún más destartaladas porque los disturbios se han amalgamado alrededor de soflamas negacionistas y conspiranóicas dementes (el virus no existe, las medidas sirven exclusivamente para establecer un régimen securitario, etc.), agregando multitudes heterogéneas tanto ideológicamente (un cóctel de extremistas de derecha, ultras de fútbol, algún centro social y algún círculo anarquista unido por el grito de libertad, libertad, sólo para confirmar que la hegemonía ultraliberal ha extendido su dominio también a las áreas supuestamente alternativas y marginales que de ese eslogan son las primeras víctimas), como a nivel sociológico (tenderos, artesanos, pequeños empresarios, trabajadores autónomos, precarios y perdedores de todos los niveles en el juego de la globalización). Una melaza completamente incapaz de actuar, citando a Ernesto Laclau, como una cadena de equivalencias, es decir, de constituir el núcleo de la agregación de un "pueblo", ya que está totalmente desprovisto de un principio unificador, de una idea hegemónica, pura suma de frustraciones, temores, angustias que permanecen confinados en estrechas áreas de identidad-corporativa (los derechos empuñados como arma contra el vecino, en palabras del juez de Peter Handke) totalmente ciegos a cualquier visión de bien común.
Ahora vuelvo a la hipótesis que mencioné un poco antes: es posible que el juez de la novela tenga que ver con el linchamiento sufrido por Handke (a sus detractores les hubiera gustado haberle quitado su Nobel por indignidad moral) porque había defendido a Milosevic, cuestionando la legitimidad del tribunal que lo juzgó con argumentos ya utilizados en ocasiones similares, a saber, el hecho de que siempre son los perdedores los que sufren tales juicios, mientras que son juzgados por aquellos ganadores que a menudo están lejos de estar exentos de crímenes no menos graves (no es casualidad que los Estados Unidos siempre se haya negado a permitir que sus soldados sean juzgados por los innumerables crímenes cometidos en todo el mundo, mientras se erigen a jueces de sus enemigos). Por supuesto, en el discurso del juez lo que pone en cuestión son los derechos individuales, pero esta crítica de aquellos que utilizan la ley como arma contra su prójimo, exigiendo que sean reconocidos al mismo tiempo su singularidad y el carácter universal de sus pretensiones/reivindicaciones, es fácilmente extensible a las relaciones entre las potencias y, en particular, entre el concierto de las potencias occidentales y todas las demás naciones, pueblos y culturas.
Sólo hay que pensar en la lógica que inspira la Guerra Fría contra China, Rusia, Irán y otros estados supuestamente "canallas", o el reflejo islamófobo que inspira reacciones como las recientes contra los ataques fundamentalistas en Francia. Se ha llegado a legitimar como "libertad de expresión" las campañas de Charlie Hebdo de desprestigio no contra el extremismo islámico, sino contra la identidad cultural e histórica de los pueblos islámicos como tales. Pero, preguntémonos, ¿si se hubieran dirigido insultos similares contra las víctimas de la Shoah, contra los movimientos feministas o contra otros objetivos "políticamente incorrectos" (es decir, perfectamente homologados por la cultura eurocéntrica que se auto erige como custodio de los valores absolutos) ¿la reacción habría sido la misma? Una pregunta retórica respondida indirectamente por la dirección de los laboristas británicos, de nuevo en manos blairitas, que suspendió a Jeremy Corbyn del partido, acusado de "antisemitismo" por participar en algunas manifestaciones en defensa de los derechos del pueblo palestino. Pero ustedes saben, no todos los derechos son iguales: hay derechos "verdaderamente" universales, es decir, los sancionados por las élites gobernantes occidentales, y los de los demás, que no pueden ser tales porque son una expresión de culturas bárbaras, atrasadas e incivilizadas (incluso si son una expresión de civilizaciones milenarias mucho más antiguas y nobles que las nuestras).
Nada nuevo se me dirá, desde que nos convertimos en los dominadores del mundo (gracias a la violencia, el genocidio y latrocinios de todo tipo), es decir, a partir del siglo XVII, las cosas siempre han sido así. Es cierto, pero ahora que nuestro dominio flaquea, la virulencia y la arrogancia con las que intentamos reafirmar su legitimidad está asumiendo cada vez más las apariencias inquietantes de un neo maccartismo generalizado, alimentado por gobiernos, partidos, medios de comunicación e intelectuales de la derecha y la izquierda. Por lo tanto, honremos al juez y al autor que le dio vida.

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